El hacedor de música
Rabindranah Tagore
No sería nada el grano de arena si no tuviese
como fondo todo el mundo físico. Ese grano de
arena es conocido en su contexto del universo, en
el que conocemos todas las cosas merced al
testimonio de nuestros sentidos. Al decir que el
grano de arena es todo el mundo físico, sale
fiador de la verdad que hay más allá de la
apariencia de la arena.
¿Pero dónde está la garantía de verdad para esta
personalidad mía que posee la facultad misteriosa
de conocimiento, ante la que presenta el grano de
arena su carta de identidad? Debe reconocerse
que este mi yo personal tiene también para su
verdad un fondo de personalidad, en que el
conocimiento, a diferencia del de las otras cosas,
sólo puede ser inmediato y auto-revelado.
Lo que yo entiendo por personalidad es un
principio auto-consciente de transcendental unidad dentro del hombre que comprende los
pormenores todos que son individualmente suyos en
punto a conocer y sentir, tocante a deseo,
voluntad y acción. En su aspecto negativo, se
halla limitado a la exclusividad individual, en
tanto que en su aspecto positivo se extiende a lo
infinito, en virtud de su incremento en saber,
amor y actividad.
Y por esta razón, el más humano de cuantos
hechos nos conciernen es el de que soñemos con
los límites no alcanzados, sueño que imprime
carácter a lo que ya hemos conseguido. De todos
los seres es el hombre el que vive en un infinito
futuro. Nuestro presente es tan sólo una parte de
ese futuro. Las ideas nonatas, los espíritus no
encarnados, obseden nuestra imaginación con una
insistencia que hace resulten más reales para
nosotros que las cosas que nos rodean. La
atmósfera del futuro debe circundar siempre
nuestro presente, para que la vida se nos haga
tolerable y prometedora de inmortalidad. Porque quien tiene en sí un saludable vigor de
humanidad abriga una firme e instintiva fe de ser
idealmente ilimitado. Tal es la razón de que
nuestros grandes maestros nos exijan una manifestación que toque en lo infinito. En lo cual rinden tributo al Hombre Supremo. Nuestro verdadero
culto estriba en nuestro indómito valor de ser
grandes y representar de ese modo a lo humano divino y mantener despejado siempre el camino
de libertad hacia lo no alcanzado.
Nosotros los indos hemos tenido la triste experiencia en nuestra parte del mundo de cómo la pusilánime ortodoxia, con sus irracionales represiones y su acumulación de muertas centurias, empequeñece al hombre en una idolatría del
pasado. Rígidamente afincada en el centro de lo
estancado e inerte, mantiene reciamente atado al
humano espíritu a las vueltas de cangilón de noria
de la costumbre hasta que la debilidad lo rinde
cual lenta corriente agitada por algas en podredumbre, se divide en charcas cenagosas que
esconden su silencio en una narcótica bruma de
estupor. Ese espíritu mecánico de la tradición es
esencialmente materialístico, ciegamente piadoso,
pero no espiritual. Se halla obsedido por fantasmas irracionales que acosan a las mentalidades
débiles bajo el disfraz espectral de la religión.
Porque nuestra alma se encoge cuando les consentimos a los días ligeros tejer repetidos patrones de mallas absurdas en torno a todos los sectores de la
vida. Se vuelve achaparrada cuando no tenemos
ningún objeto de interés profundo, ninguna perspectiva de una vida más alta, que reclama claridad
de mente y heroica atención para lograrla y
madurarla. Resulta destrozada cuando hacemos
fuegos artificiales con nuestras pasiones animales
con el fin de gozar de sus sensaciones meteóricas,
reduciendo sin cesar a cenizas cuanto pudiéramos
haber reservado para una iluminación permanente. Sucede esto no sólo a los individuos mediocres que se abrazan a cadenas que los hacen
irresponsables o están siempre ansiosos de realidades atrayentes, sino también a generaciones de razas insípidas que han perdido en sí mismas toda
importancia de sentido, por haberse olvidado de su porvenir.
El porvenir continuo es el dominio de nuestro
milenio, que nos acompaña más verdaderamente
de lo que vemos en nuestra historia fragmentaria
del presente. Existe en nuestros ensueños. Reside
en el reino de la fe que crea la perfección. Hemos
visto los anales del ensueño milenario del hombre,
la realidad ideal acariciada por razas olvidadas en
su admiración, esperanza y amor, puesta de realce
en la dignidad de su existir, en virtud de alguna
majestad en el ideal y de alguna belleza en los
actos. En tanto esas razas pasan unas detrás de
otras, van dejando tras de sí grandes cosas
realizadas, las cuales reclaman justamente ser
consideradas como soñadoras no tanto como
conquistadoras de los reinos terrenales, sino como
diseñadoras de paraísos. El poeta nos da la mejor
definición del hombre cuando dice:
Somos los hacedores de música,
somos los soñadores de sueños.
Nuestra religión nos presenta el ensueño de la
unidad ideal, que es el hombre mismo, en cuanto
manifiesta lo infinito. Padecemos del sentido del
pecado, que es el sentido de la discordia cuando
alguna pasión lacerante abre brechas en nuestra
visión de lo Unico en el hombre, creando el
aislamiento de nuestro yo, separado de la humanidad universal.
Los Upanishad dicen: Ma Gridah. (No ambiciones). Porque la ambición aparta la atención del
valor infinito de nuestra personalidad, llevándola
hacia la tentación de las cosas materiales. Nuestro
poeta de aldea canta: "El hombre brillará fulgente
ante tus ojos, si cierras las puertas al deseo".
Hemos visto cómo el hombre primitivo andaba
atareado con sus necesidades físicas, restringiéndose de esta manera al presente, que es límite
temporal del animal, y desoyendo los apremios de
su conciencia para que buscase su emancipación
en un mundo de supremo valor humano.
Por la misma causa parece la civilización moderna
retroceder a esa mentalidad primitiva. Se han
multiplicado tan furiosamente nuestras necesidades y con tal rapidez, que hemos perdido el
ocio requerido para la profunda comprensión de
nuestro yo y nuestra fe en el mismo. Lo que vale
tanto como decir que hemos perdido nuestra
religión, el anhelo por alcanzar lo divino en el
hombre, al arquitecto de cielos, al compositor de
música, al soñador de sueños. Esto ha permitido
hacer jirones nuestra fe en la perfección del ideal
humano, en su integridad, cual significación más
plena de la realidad. Sin duda alguna es maravilloso que la música contenga un hecho que ha sido analizado y medido y que comparte en
común con el rebuzno de un asno o de una bocina
de automóvil. Pero es aún más prodigioso que la
música contenga una verdad que no puede analizarse en fracciones; y ésa es la diferencia entre ella y el impertinente rezongar de la bocina de un
auto; diferencia que es infinita. Los hombres de
nuestro tiempo han analizado la mente humana,
sus ensueños, sus aspiraciones espirituales -sorprendidas a menudo, inadvertidas en el turbio
estado de locura, enfermedad y sueños frívolos-
y para su satisfacción han encontrado que se
componen de animalidades elementales enredadas
en varios nudos. Debe de ser éste un descubrimiento importante; pero más importante todavía resulta comprender el hecho de que, en virtud de
algún milagro de creación, pueda trascender el
hombre infinitamente las partes componentes de
su propio carácter.
Supongamos que algún explorador psicológico
sospecha que el amor del hombre a su amada
tiene por base, allá en el fondo, la avidez de carne
humana de nuestro estómago primitivo; no será
menester que nos metamos a contradecirlo, porque sea cual fuere la genealogía, la composición
secreta, el carácter completo de nuestro amor, en
su mezcla perfecta de asociaciones físicas, mentales y espirituales, es único en sus extremadas
diferencias del canibalismo. La verdad que late
por debajo de la posibilidad de tal transmutación
es la verdad de nuestra religión. La flor de loto
tiene de común con una piltrafa de carne podrida
los elementos de carbono y de su hidrógeno. En
estado de disolución, no hay diferencia entre
ambas cosas; pero en estado de creación, la
diferencia es inmensa; y esa diferencia es lo que
realmente importa. Dicen que algunos de nuestros
más sagrados sentimientos llevan ocultos en el
fondo instintos contrarios a lo que esos sentimientos fingen ser. Tales revelaciones hacen en
ciertas personas el efecto de aliviarlas de una
tensión, exactamente igual que la relajación en la
muerte del incesante esfuerzo de la vida.
Encontramos en la literatura modema que algo
así como un cacareo de alegre desencanto se está
volviendo contagioso, y que los caballeros andantes del culto del incendio se han echado por esos
mundos prendiendo fuego a los altares de adoración, proclamando que las imágenes que sostienen, aunque sean hermosas, están hechas de
barro. Dicen haberse comprobado que las apariencias de humano idealismo son falaces, y que lo
real es el fango que ocultan. Desde ese punto de
vista puede decirse que la creación entera es una
gigantesca engañifa y que los billones de puntitos
eléctricos en revolución que muestran la apariencia de "esto" o "aquello" deben ser condenados como testigos falsos.
Pero ¿a quién pretenden engañar? Si quienes tal
afirman son seres como nosotros, que poseen
algún criterio innato de lo real, entonces esas
mismas apariencias en su integridad deben de
parecerles también a ellos la realidad y no sus
componentes átomos eléctricos. La rosa debe de
resultarles más grata como objeto que sus gases
constituyentes, a los cuales puede ponérseles en
tortura para que declaren contra la evidente
identidad de la rosa. La rosa, exactamente igual
que el humano sentimiento de la bondad o el
ideal de la belleza, pertenece al reino de la
creación, en el que todos los elementos rebeldes
se reconcilian en una armonía perfecta. Porque
esos elementos, en su simplicidad, se prestan a
nuestro escrutinio; nosotros, en nuestro orgullo,
nos inclinamos a asignarles los mejores papeles
como actores en ese drama misterioso: la rosa.
Semejante análisis no significa otra cosa que un
premio concedido a nuestra sagacidad detectivesca.
Vuelvo a repetir que los sentimientos e ideales
que el hombre, en su proceso de autocreación, ha
elaborado, deberían ser reconocidos en su integridad. En todas nuestras facultades o pasiones no hay nada que sea absolutamente bueno o malo;
todo viene a constituir la gran personalidad
humana. Son esas pasiones o facultades otras
tantas notas que desentonan cuando no se las
coloca en su lugar debido; nuestra educación
consiste precisamente en hacer de ellas otras
tantas cuerdas que vibren en armonía con la gran
música del Hombre. El animal que hay en el
salvaje se ha transformado en etapas ascendentes
en el hombre civilizado; en otras palabras, ha
alcanzado una consonancia más verdadera con el
Hombre divino, no merced a eliminación alguna
de los primitivos materiales, sino mediante su
agrupación mágica, en virtud de la.severa disciplina del arte, disciplina de encoger y ensanchar en los lugares oportunos, estableciendo un equilibrio
de luces y sombras en el primero y el último
término, e infundiendo así un valor único a
nuestra personalidad en su integridad toda.
En tanto tenemos fe en ese valor, nuestra energía
resulta sólidamente sostenida en su actividad
creadora que revela al Hombre eterno. A esa fe
contribuyen por todas partes la literatura, las
artes, leyendas, símbolos y ceremonias, así como
el recuerdo de las almas heroicas que la han
personificado en sí mismas.
Nuestra religión es el principio íntimo que comprende esos actos y expresiones y ensueños, mediante los cuales nos aproximamos a aquel a
cuya imagen somos hechos. Mantener viva nuestra
fe en la realidad de la ideal perfección es el
cometido de la civilización, que está principalmente formada de sentimientos y de las imágenes que ese ideal representan. En otras palabras, la
civilización es una obra de arte creada para la
realización objetiva de nuestra visión de lo espiritualmente perfecto. Es el producto del arte de la religión. Detenemos su marcha victoriosa cuando
aceptamos el culto del realismo y olvidamos que
el realismo es la peor forma de lo insincero, por
contener un mínimum de verdad. Es como decir
que sólo en un depósito de cadáveres podemos
comprender la realidad del cuerpo humano; del
cuerpo que brinda su revelación perfecta cuando
lo anima la vida. Todos los grandes hechos
humanos están circundados de una atmósfera
inmensa de expectación. Jamás son completos si
apartamos de ellos lo que pudiera ser, lo que
debería ser, lo que aún no se ha probado
profundamente, pero se siente ya, y lo que a lo
inmortal apunta. Y lo inmortal reside en un
perpetuo remanente en el individuo que rebasa
todos los hechos falaces que lo rodean.
El realismo en el hombre es el animal que lleva
dentro y cuya vida es una mera duración temporal. Lo humano en él es su realidad que se alza sobre un fondo de sempiterna vida. Las rocas y
cristales, siendo completos en lo que son, pueden
mantenerse en su condición de "cosas mudas
irracionales" con una suerte de tácita dignidad en
su realismo estólidamente limitado; pero los
hechos humanos degeneran, enferman, se convierten en gérmenes de muerte cuando se les despoja de su ideal creador, del ideal del Hombre divino.
La diferencia entre las notas como simples hechos
de sonido y la música como verdad de expresión
es inmensa. Porque la música, aunque comprende
un número limitado de notas, representa, no
obstante, lo infinito. Al hombre toca componer
música del espíritu con cuantas notas tiene en su
psicología y que por descuido o perversidad
pueden degenerar fácilmente en un ruido espantoso. En la música y no en el ruido se revela el
hombre.