El blue de Sonny

[fragmento] - James Baldwin
(Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires 1972)

Fuimos al único nigth club en una calle oscura y corta del barrio. Nos abrimos paso entre el público denso que parloteaba sin cesar en el angosto pasillo hasta la entrada del salón, donde estaba la banda. Debimos permanecer unos instantes parados, pues las luces eran muy bajas y no era posible ver. Entonces oímos un "Hola muchacho" dicho por una voz que surgía de un enorme negro, de mucha más edad que Sonny o yo, emergido de aquella iluminación atmosférica, que echó un brazo sobre los hombros de Sonny.
-Aquí estaba sentado esperándote -dijo.
También su voz era poderosa y algunas cabezas en la oscuridad se volvieron hacia nosotros. Sonny sonrió, se apartó un poco y dijo:
-Creole, este es mi hermano. Te he hablado de él.
Creole me estrechó la mano.
-Me alegro de conocerlo -dijo, y era evidente que se alegraba de encontrarme allí a causa de Sonny.
Y sonrió: -Tiene usted un verdadero músico en la familia, retiré el brazo del hombro de Sonny y le palmeó la cara ligeramente, afectuosamente, con el dorso de la mano. -He oído todo -dijo una voz detrás de nosotros.
Era otra músico, un amigo de Sonny, un hombre de aspecto alegre, negro como el carbón, bajo y fornido. Inmediatamente empezó a confiarme, a voz en cuello, las cosas más tremendas acerca de Sonny, mientras sus dientes brillaban como un faro y sus risotadas emergían de él como los comienzos de un terremoto. Resultó que todos allí conocían a Sonny, o casi todos. Algunos eran músicos que trabajaban en el lugar o en la vecindad, o que no trabajaban; algunos eran simplemente curiosos y otros habían ido a escuchar a Sonny. Me presentaron a todos ellos y todos fueron muy corteses conmigo. Sin embargo, era evidente que, para ellos, yo no era más que el hermano de Sonny. Aquí estaba en el mundo de Sonny. O, mejor dicho: en su reino. Aquí era indiscutible que por sus ventas corría sangre real.
Iban a ponerse a tocar enseguida y Creole me instaló solo en una mesa de un rincón oscuro. Observé entonces a Creole, al negro bajo, a Sonny y los otros, que iban de un lado para otro, o quedaban de pie junto al estrado de la banda. La luz del podio de la orquesta se cortaba a poca distancia de ellos y, mientras los miraba reir, gesticular y moverse, tenía la impresión de que ellos hacían tanto lo posible para no entrar demasiado rápidamente en aquel círculo de luz: como si creyeran que, al ingresar demasiado bruscamente en el, hubiera peligro de incendiarse. Después observé como uno de ellos, el negro bajo, se movía dentro de la luz, atravesaba el estrado de la orquesta y empezaba a juguetear con la batería. Luego, muy cómico y también extremadamente ceremonioso, Creole tomó a Sonny del brazo y lo acercó al piano. Una voz de mujer llamó a Sonny por su nombre y se oyeron algunos aplausos. Sonny, también cómico y ceremonioso, y tan emocionado, creo, que estaba a punto de llorar, aunque ni lo escondía ni lo mostraba, soportando todo como un hombre, se sonrió, se llevó ambas manos al corazón y saludó con una gran inclinación desde la cintura. Creole se acercó entonces al contrabajo y un hombre muy delgado, de piel castaņo claro, subió de un salto al estrado y se apoderó de la trompeta. Y la atmósfera en la orquesta y en el salón empezó a cambiar, a volverse más tensa. Alguien fue hacia el micrófono y los anunció. Se oyeron toda clase de murmullos. Algunos de los que estaban en el bar chistaron, solicitando silencio. La camarera iba de un lado para otro, como enloquecida, recibiendo los últimos encargos. Las parejas se acercaron más unas a otras y las luces de la orquesta adquirieron un tono de índigo. En ese momento todos parecieron diferentes. Creole miró alrededor por última vez, tratando de cerciorarse que todos sus pollos estaban en el nido, y entonces... dio un salto y atacó el violín. Ya estaba.
Lo único que sé de música es que no son muchos los que realmente la escuchan, y aun así, en las raras ocasiones en que algo se abre dentro y la música penetra, lo que oímos principalmente, la corroboración que oímos, son evocaciones particulares, íntimas, que se desvanecen. Pero el hombre que crea la música oye algo más, está enfrentado con el tumulto que surge del vacío y le impone un orden cuando ese tumulto golpea el aire. Lo que se evoca en él pertenece a otro orden más terrible por carecer de palabras y también triunfal por esa misma razón. Y su triunfo, cuando triunfa, es nuestro. Contemplé la cara de Sonny. Estaba agitado, trabajaba intensamente, pero estaba fuera. Tuve la sensación de que, en cierta manera, toda la gente de la banda lo estaba esperando, esperándolo y empujándolo. Pero cuando miré a Creole, comprendí que era Creole quien los dominaba. Los tenía a rienda corta. Allí, marcando el ritmo con todo su cuerpo, contoneándose sobre el violín, con los ojos entornados, escuchaba tanto, pero estaba escuchando especialmente a Sonny. Tenía un diálogo con Sonny. Quería que Sonny dejara la línea de la costa y se internara en aguas profundas. Era el testigo que podía presentar Sonny de que las aguas profundas y la muerte por ahogo no eran la misma cosa: él había estado allí y sabía. Y quería que Sonny supiera. Esperaba que Sonny hiciera con las teclas cosas que le iban a permitir a Creole, saber que Sonny estaba en el agua.
Y mientras Creole escuchaba, Sonny se movía, muy adentro, exactamente como alguien a quien atormentan.
Nunca había yo pensado hasta qué punto es terrible la relación entre el músico y su instrumento.
El músico tiene que llenar el instrumento con un hálito de vida, la propia. Tiene que lograr que haga lo que él quiere que haga. Un piano no es más que un piano. Está hecho nada más que con madera, alambres y martillos grandes y chicos y marfil. Y sin embargo se puede hacer mucho con él y la única manera de averiguarlo es intentarlo: intentar y lograr que haga todo. Y Sonny no había estado cerca de un piano desde hacía más de un aņo, y tampoco estaba en mejores términos con su vida, con la vida que se extendía ante él ahora. El y el piano tartamudearon, tomaron por un lado, se asustaron, se detuvieron; intentaron otro camino, les entró el pánico, marcaron un tiempo, empezaron de nuevo; después, al parecer, encontraron una dirección, se aferraron de nuevo y se pararon. Y el rostro que le vi a Sonny nunca lo había visto antes. Todo en él había sido quemado y, al mismo tiempo, lo que suele estar escondido se quemaba adentro, con el fuego y la furia de la batalla que tenía lugar en él. Sin embargo, al observar el rostro de Creole cuando llegaban al fin de la primera parte tuve la sensación de que algo había ocurrido, algo que yo no había oído. Acabaron y hubo algunos aplausos perdidos, y entonces, sin aviso previo, Creole inició otra cosa, algo casi sardónico, era Tengo nostalgia. Y, como si diera una orden Sonny empezó a tocar. Algo empezó a ocurrir. Y Creole aflojó las riendas. El hombre bajo, seco, negro, dijo algo atroz con los tambores; Creole contestó y los tambores respondieron. Entonces la corneta insistió, dulce y alta, tal vez levemente desprendida, y Creole escuchaba, comentando de cuando en cuando, seco, lento, bello y calmo y viejo. Luego todos se unieron y Sonny fue nuevamente parte de la familia. Yo podía darme cuenta por su cara. Parecía haber encontrado, allí mismo, bajo los dedos, un piano absolutamente flamante. Parecía que no podía salir de la cosa. Entonces, por cierto tiempo, contentos con Sonny, parecían estar de acuerdo con él en que los pianos flamantes eran un hallazgo.
Entonces Creole avanzó para recordarles que estaban interpretando un blue. Tocó algo en todos ellos, algo en mi también, y la música se hizo más tensa, se ahondó y una especie de terror empezó a palpitar en el aire.
Creole empezó a contarnos lo que cuentan los blues. Lo que cuentan no es muy nuevo; él y sus muchachos lo mantenían nuevo corriendo el riesgo de la ruina, de la destrucción, de la locura y de la muerte para encontrar nuevas maneras de hacer que escucháramos. Pues la historia de cómo sufrimos y cómo nos deleitamos, y cómo podemos triunfar nunca es nueva, pero siempre ha de ser oída. No hay ninguna otra historia que contar: es la única luz en medio de toda esta oscuridad. Y esta historia, según ese rostro, ese cuerpo, esas fuertes manos sobre esas cuerdas, tiene distinto aspecto en cada país y una nueva profundidad con cada generación. Escuchad, parecía decir Creole, escuchad. Este es el blue de Sonny. Y lograba trasmitir esto al hombrecito negro de la batería y al hombre brillante y pardo de la trompeta. Creole ya no se esforzaba por hacer que Sonny entrara al agua. Deseaba que acelerara. Y luego retrocedía, muy lentamente, y llenaba el aire con la inmensa sugestión de Sonny hablando por si mismo.
Después todos se reunieron en torno a Sonny y Sonny tocó. De cuando en cuando algunos de ellas parecían decir amén. Los dedos de Sonny llenaron el aire de vida, de su vida. Pero esa vida contenía a muchas otras. Y Sonny volvió al principio mismo, empezó con el aserto desnudo y simple de la frase inicial de la canción. Y empezó luego a hacerla suya. Era muy hermosa porque no había prisa en ella y ya no era un lamento. A mi me pareció que estaba escuchando con el anhelo que él había hecho suyo, ese anhelo que debía aún hacer nuestro, y que de esta manera podíamos cesar de lamentarnos. La libertad acechaba a nuestro alrededor y yo entendí finalmente que podía ayudarnos a ser libres si pudiéramos escuchar, que no íbamos a ser libres hasta que escucháramos. Y, sin embargo, no había signo de batalla en su rostro ahora. Yo oí la que él había tenido que soportar, lo que iba a soportar hasta que descansara en tierra. Todo lo había hecho suyo: la larga ascendencia, de la que sólo conocíamos a mamá y papá. Y lo devolvía, como todo debe ser devuelto, de tal modo que, pasando a través de la muerte, pudiera vivir para siempre. Vi de nuevo el rostro de mi madre y sentí por primera vez como las piedras del camino que ella había transitado habían herido sus pies. Vi el camino iluminado por la luna en que había muerto el hermano de mi padre. Y esto me trajo al recuerdo algo más, me llevó más allá de él, vi a mi hijita de nuevo y sentí las lágrimas de Isabel, y sentí mis propias lágrimas que empezaban a brotar. Y fui consciente de que esto era sólo un momento, que el mundo esperaba afuera, hambriento como un tigre, y que el tumulto se extendía sobre nosotros, más extenso que el cielo.
Y entonces terminó. Creole y Sonny suspiraron, empapados y sonrientes. Hubo muchos aplausos y una parte de ellos era sincera. En la oscuridad se acercó la camarera y yo le pedí que llevara unas copas a la banda. Hubo un largo silencio mientras hablaban entre ellos bajo la luz índigo y después de unos instantes vi que la muchacha colocaba un vaso de whisky y un vaso de leche sobre la tapa del piano de Sonny. El pareció no notarlo, pero un poco antes de empezar a tocar de nuevo se humedeció los labios, miró en dirección a mí e hizo una inclinación de cabeza. Después volvió a poner el vaso sobre el piano. Para mí, cuando empezaron a tocar de nuevo, brilló y trepidó por encima de la cabeza de mi hermano como el mismo cáliz del temblor.


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