Ilustración de Esperanza Vallejo | La música de las palabras
María del Sol Peralta Leer un texto quiere decir convertirlo en sonidos,
en voz alta o en la imaginación, sílaba
por sílaba en
la lectura lenta o a grandes rasgos en la rápida,
acostumbrada en las culturas altamente tecnológicas.
La escritura nunca puede prescindir de la oralidad.
Walter J. Ong
A muchos nos da terror el silencio que ofrece un
libro sin texto. Es como tener un bebé entre brazos, balbuceando
y observando su entorno, pues da la impresión de no entender o escuchar
lo que decimos. Desesperados gritamos sin ser oídos: ¿qué
hacer?, ¿qué decir?, ¿cómo enfrentar la incómoda
situación? Pero, después de un momento desesperanzador, encontramos
la solución en nosotros mismos y van reapareciendo palabras y sonidos
que, por tanto tiempo, habían estado guardados en nuestra memoria.
Entonces, el vacío se convierte en la mejor herramienta para
establecer vínculos afectivos y para explorar nuevos medios de comunicación,
emprendiendo un largo camino por los senderos de la tradición oral.
Cantando cuentos
Son los ritmos, las tonalidades y los trazos afectivos que deja la voz
humana, los hilos conductores de nuestra esencia e historia. Esto es el
sentido real de la palabra: su poder memorístico, su capacidad de
divulgación y multiplicación, además de ser una entrada
a nuevos mundos y personajes. La oralidad lleva el peso de un patrimonio
cultural de sociedades enteras, que abarca tanto la memoria colectiva como
la individual.
La información auditiva adquirida en la primera infancia forma
parte de un proceso que se convierte en el primer encuentro del niño
con lo que, posteriormente, conocerá como texto escrito; antes de
las historias impresas, están las frases melódicas y el andar
rítmico de los juegos sonoros como los arrullos, rimas, nanas, trabalenguas,
etc. Son momentos que solemos recordar con entrañable cariño,
pensando en un ser querido arrullándonos entre sus brazos.
Sin darnos cuenta, de generación en generación, le transmitimos
esto a nuestros hijos desde el mismo momento de la gestación pues
el oído es el primer sentido en desarrollarse. Sumergimos a los
pequeños en el mundo de las sensaciones, donde los ritmos, las melodías
y el fraseo de las palabras son los encargados de llevar a cabo su tarea,
encantando sus oídos, llevándolos a un viaje lleno de recuerdos
y de encuentros emocionales y sensoriales.
El poder hipnótico y catártico de la palabra también
le ofrece a la colectividad un espacio de reconocimiento y esparcimiento,
fusionando, a la vez, la tradición oral con la carga musical que
esta trae consigo en los rezos, cantos y letanías, entre otras.
A lo largo de la historia, hemos utilizado recursos rítmicos
y melódicos para comunicarnos y expresarnos. Para los ancestros,
la música era un elemento de comunicación, mas que un medio
de recreación, antes de llegar a un lenguaje verbal estructurado.
Los antiguos rituales congregaban a la comunidad para que, a través
de la escucha, la sociedad recorriera sus huellas culturales y reconociera
sus valores e identidad histórica.
Hoy en día, para revivir los antiguos cultos y acompañar
la labor intuitiva de las madres, existen diversas estrategias culturales
llamadas horas del cuento o talleres de sensibilización, donde se
asoma una intención predominante: recordar el legado que dejaron
las costumbres de las sociedades orales, además de demostrarnos
cómo aquellas cadencias que parecían tan etéreas están
ahora encargadas de resguardar nuestros propios pasos, por medio de libros
llenos de páginas impresas e ilustradas.
La música de las palabras
Y si bien la escritura no puede prescindir de la oralidad, el canto
es el primer paso para acercarse a la literatura. Cantar no es un privilegio
de virtuosos: es una función natural que proporciona emotividad
y otorga una identidad personal. De manera primordial, somos seres sonoros,
y la vida misma es un constante fluido de ritmos y contrastes musicales
que abarcan todas las posibilidades del sonido.
Todos los elementos de las antiguas costumbres populares se conjugan
en un ir y venir de movimientos cuyo significado debemos aprovechar y valorar,
teniendo la certeza de que la voz actúa como el hilo conductor que
lleva al niño a conocerse a sí mismo y a la realidad que
lo rodea. El caminar, los latidos del corazón, las pausas al expresarnos,
la risa y los demás gestos corporales mantienen vigente el ritmo
personal y la canción que nos pertenece única y exclusivamente
a nosotros.
Cuando los niños están expuestos a los diferentes lenguajes
musicales y orales, se ven favorecidos espiritualmente, al enriquecer
su visión y vivencia cotidiana, absorbiendo de su entorno novedosas
experiencias. Los fenómenos que observan les provocan imágenes
poéticas: las fugas lingüísticas se acrecientan y se
motivan en la canción. Y, sin tener conciencia de ello, lo real
se vuelve maravilloso, asequible, cercano, ensoñable, y el acto
más sencillo cobra otra dimensión al nombrarlo.
La narración oral, los cuentos y la música son, a su vez,
la misma palabra. Pero, aunque para muchos no es considerada como un género
literario más, sí es parte del repertorio literario que todos
llevamos en la memoria. De esta manera, con diferentes ritmos, silencios
y frases melódicas, el niño se involucra por medio del canto
y la expresión gestual y corporal.
El sonido de las imágenes
Sin embargo, el evocar sonidos no es sólo privilegio de la literatura
o de la música; las imágenes también provocan sonidos
que, posteriormente, se convertirán en acentuadas palabras y divertidas
melodías.
El tener entre las manos libros sin texto, como los de Helen Oxenbury,
Ian Beck y Arnold Lobel, entre muchos otros, hace pensar en la difícil
tarea de "leer" sin tener un texto presente. En medio del aparente vacío,
el poder recordatorio de la palabra llega como por arte de magia y desempolvamos
recuerdos que parecían haberse desvanecido con el tiempo.
A medida que pasamos las páginas, llenamos las ilustraciones
con aquello que nos enseñaron años atrás:
Una vez más, se nos viene a la mente el fuerte vínculo
entre lo oral, lo escrito y las relaciones afectivas; las personas, los
paisajes y los escenarios que siempre nos han acompañado aparecen
casi que por necesidad. Desde lo más profundo, advertimos la voz
de aquel que nos habla y escucha a la vez; ese alguien que nos ha conducido
a través de la vida, dándonos la oportunidad de sentirnos
resguardados y amparados por las vibraciones emitidas por las palabras.
Deleitarse con una canción, un cuento o pensar en las historias
que viven detrás de las imágenes produce, entonces, un placer
inconfundible. Son evocaciones que nos llevan por misteriosas y peligrosas
aventuras, así como nos devuelven al lugar de partida.
Es hora de escuchar lo que el entorno nos dice entre líneas y
estar atentos a lo que no se oye, pero que sí emite fuertes sonidos.
El enfrentar las viejas remembranzas y reconocernos en ellas, nos da la
oportunidad de ampliar y modificar lo que hoy constituye la tradición
oral; tradición que la conforman no una, sino miles de voces diferentes,
cada una con su propia historia, estilo y tonalidad.
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