La ejecución del laúd y nuestras regiones desconocidas

Eduardo Sohns
Revista Clásica, Buenos Aires, noviembre 1998.

Tomar un laúd entre las manos es una experiencia que, cada vez que la realizamos, se transforma en un viaje hacia escondidas regiones de nosotros mismos.
Lo primero que nos llama la atención es el peso, apenas unos cientos de gramos. Aparenta ser muy frágil, y lo es.
La tapa, de madera clara, normalmente no tiene ningún tipo de lustre, por lo que al poco tiempo denota las huellas del uso (o del no-uso).
La parte de atrás, la caja, está hecha de "tiras de madera", las "duelas"...
...me olvidaba, en la tapa encontramos el puente que sujeta las cuerdas y transmite las vibraciones de las cuerdas a la caja que las amplifica.
En el centro de la tapa, calada, encontramos la "roseta". ¡Cuántas cosas se cuentan en una roseta!. Su diseño nos puede hablar de astrología, de los humores, de los cuatro elementos, de los puntos cardinales, proporciones matemáticas y muchas cosas más. En ella el "luthier", el constructor de laúdes, deja escrita su visión del mundo.
Seguimos recorriendo la tapa y así nos acercamos al "diapasón", que se encuentra colocado al mismo nivel de la tapa y no levantado como en otros instrumentos.
Empezamos a trepar por él. Un traste chiquito de madera, es muy bajito... ahora otro y ahora sí ¡a saltar!, un traste, otro y otro más; son cada vez más altos, es la única manera que las cuerdas al ser pisadas no rocen en algún otro lugar.
Los trastes, generalmente de tripa, al poco tiempo se van gastando. Lo primero que se nos ocurre es "darlos vuelta", no es fácil conseguir tripa y hay que cuidarla, finalmente y cuando están totalmente desflecados llega la hora de cambiarlos.
Seguimos subiendo, saltamos entre las cuerdas como si fueran un alambrado, son muchas, a ver... 1, acá hay dos juntas, 2 y 3, otras dos, 4-5, y más, 6-7, 8-9, 10-11... por fin, ya estamos del lado de "arriba", éste es un laúd de 6 órdenes, 5 dobles y uno, el más agudo, simple.
Con el tiempo existirán instrumentos de 11, 12 y hasta 13 o 14 órdenes. Algunos de los órdenes serán simples, otros dobles. Habrá órdenes con cuerdas afinadas al unísono, pero a veces estarán octavadas. Si vamos a tocar música renacentista sabremos que "afinación" usar, si queremos tocar algo barroco lo mismo, pero no será difícil encontrar obras, sobre todo barrocas, que pidan otras "afinaciones alternativas".

Pero sigamos con nuestro viaje. Llegamos a la "cejuela", que marca el fin del diapasón y delimita por un lado el largo de cuerda vibrante, el puente lo hace por el otro. A la medida de ese pedazo de cuerda se la llama "tiro".

Un saltito por arriba de la cejuela y entramos en una "zona peligrosa", el "clavijero". Las clavijas, de madera, cada tanto "se escapan" dándonos un pequeño susto, por suerte algunos trucos nos ayudan, si están duras un poco de jabón, si están muy blandas un poco de tiza...

Ya recorrimos el instrumento, ahora ¡a tocar!
¡Hummm! ¿Cómo lo agarro? Se me escapa... se me ocurre mirar algunos cuadros y grabados, y porqué no fotos de los CD... parece que el problema no es sólo mío. Este lo tiene sujeto con una tira, y aquel lo apoya contra la mesa, (espero que no haya puesto el libro de música que tiene frente a él sobre la comida ¡con lo que cuestan!), éste apoya un pié en un banquito, aquel los dos... Vuelvo mi mano otra vez a la tapa, está "manchada" cerca de la "roseta"; como no va a estarlo si se toca con el dedo meñique apoyado en ella. Parece difícil tocar así, pero con un poco de práctica... ¡y las cuerdas puestas de a dos!...hay que bajar y subir la mano como si estuviéramos sosteniendo una púa, y para imitarla mejor podemos tocar sólo con pulgar (para los sonidos acentuados) e índice (para los no-acentuados). Además ¡hay que cortarse las uñas!, es la única manera de pulsar las dos cuerdas y hacer que suene "más lindo". Así se comenzó a tocar alrededor del año 1500.
A medida que, para resolver las necesidades de la música, se fueron agregando órdenes, la posición de la mano fue cambiando. El pulgar se fue reservando para los sonidos más graves, y de tocar "por adentro" de la mano, que estaba colocada de manera paralela a las cuerdas, el pulgar empezó a tocar "por afuera", buscando la mano una posición cada vez más perpendicular a las mismas.
Pero volvamos un poco para atrás... por suerte el libro no cayó dentro del plato. Reproduce un original, hoy diríamos que es un "facsimilar", y es un libro con música para laúd. Encontramos en él algunas canciones para laúd sólo y otras para laúd y canto; muchas pequeñas piezas de carácter improvisatorio, otras más "severas" con cortos motivos que se imitan y se persiguen para alcanzarse solamente al final y danzas, danzas que, con el paso del tiempo, irán perdiendo su carácter bailable.
Las obras están escritas en "tablatura", la notación habitual que usaban los instrumentos. En las tablaturas para el laúd es usual encontrar un grupo de líneas representando cada una de ellas una cuerda y números o letras indicando los trastes.
A veces escuchamos decir: "la tablatura no es difícil de leer", en realidad no lo es. Tampoco lo es leer un idioma que usa nuestro alfabeto; pero lo mismo que cuando nos acercamos a un idioma que desconocemos, aún teniendo caracteres iguales a los que usamos habitualmente, nos podemos preguntar: ¿qué querrá decir? ¿cómo se pronuncia? y en el caso de la música: ¿cómo se toca?.

En realidad ¿la tablatura no es difícil de leer?. Tal vez no lo sea, pero para leerla con sentido y para buscar "su" sentido, hay que conocer "el idioma" y la manera de pensar que ella refleja. Pero esa es otra historia.
Por suerte hay buenos maestros: Francesco da Milano, John Dowland, Sylvius Weiss, los Gaultier, Galilei... Galilei, ¿qué hace aquí Galilei? y además son dos: Vincenzo y Michelangelo... Me recuerdan a Galileo y los planetas, me acuerdo que Leonardo tocaba el laúd y los prólogos de los libros de laúd nos cuentan de Orfeo, de "los pitagóricos", de Platón y las sirenas...
Tocar el laúd, cantar con él una melodía, dejar que de nuestra fantasía brote una "fantasía", es sólo el comienzo de un camino que nos lleva a otras maneras de pensar, a dar vida a viejas historias que se hacen presente en cada encuentro, a conocer otras maneras de hacer música, en definitiva nos lleva al comienzo de éstas líneas, cuando tomando el laúd entre nuestras manos, nos internamos en regiones desconocidas de nosotros mismos.


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