La doctrina
"Si se produce una nota, es en el corazón humano que ella ha nacido.
Si el corazón humano está emocionado, es por la acción de los objetos.
Se emociona bajo la acción de los objetos y su emoción se manifiesta por
los sonidos. Los sonidos se responden entre sí, lo que da lugar a las
diferencias. Es cuando estas diferencias se presentan que toman el nombre
de notas."
La música es pues el lenguaje natural del sentimiento. Y el sentimiento
mismo tiene una causa que no está en nosotros. Según la observación
de un comentador la palabra Objeto designa aquí toda "circunstancia
exterior"; y un poco más lejos se leen en la obra estos aforismos:
"El hombre nace en estado de reposo; tal es su condición original.
Bajo la impresión de los objetos, se emociona; de allí sus aspiraciones
naturales."
De este modo el sentimiento expresa la relación de la conciencia
con el universo, del sujeto con el objeto, del yo con el no-yo.
El sonido es el signo de esta relación. Pero el sonido no pertenece todavía
a la música: ella pide las notas, es
decir los sonidos diferentes. Otro comentador del
texto cita como ejemplo las cinco notas de la gama china.
"Mezcladas entre ellas, dice, toman el
nombre de notas. Emitidas aisladamente llevan el
de sonidos." En efecto lo qué define una nota es
su grado de altura, y este grado no puede ser
apreciado más que por comparación.
El sonido que manifiesta el sentimiento humano es el de la voz.
La música ha comenzado por
el canto. Pero éste no es más que un origen teórico.
En la práctica el canto se acompaña con instrumentos;
además los movimientos de la danza
responden a los de la melodía.
"Adaptando las notas a los instrumentos de
música, y agregando a ellos los broqueles y las hachas,
las plumas y los pendones, se obtiene aquello que se llama Música."
Los broqueles y las hachas son los accesorios
de la danza guerrera; las plumas y los pendones
los de la danza pacífica. Al fin del tratado se nos
muestra cómo estos diversos elementos se han
vuelto necesarios unos después de otros:
"En la alegría el hombre pronuncia algunas palabras.
Estas palabras no bastan, las prolonga. Las
palabras prolongadas no bastan, las modula. Las
palabras moduladas no bastan, aun sin que él se
aperciba, sus manos hacen algunos gestos y sus
pies brincan".
Así se vuelve a encontrar en China esa trinidad de las artes musicales; poesía, música y danza
que fué también en Grecia un artículo de fe. Aquí
la unión es todavía más estrecha: no es para satisfacer
algunas condiciones de belleza; es por instinto que el hombre, en
esos transportes de alegría que acompañan a todo sentimiento fuerte escucha
sus propias palabras, prolonga el sonido,
forma un canto cuyo ritmo se impone a su cuerpo.
Toda música es emoción. Toda música es, pues,
emocionante. Un comentador lo hace notar: "Por una parte el corazón
humano excita la música,
pues los sonidos nacen en razón de su acción; por
otra parte la música excita al corazón humano,
pues las disposiciones cambian de acuerdo a los
sonidos musicales." De aquí resulta que la música
tiene efectos irresistibles. Los chinos estiman, como los antiguos griegos,
que estos efectos pueden
ser previstos por adelantado, estando determinados por el estilo y sus procedimientos. Existe una
música que inspira la virtud y una música que
corrompe las costumbres. Tal parte del Libro de
los versos debe ser cantada para los magnánimos,
tal otra conviene mejor a los puros, y los modestos se hallarán bien
con una tercera. Cada instrumento tiene su carácter: las campanas son guerreras,
las piedras sonoras heroicas, las cuerdas
austeras, los instrumentos de cuerda dan idea de
amplitud y de multitud, los tambores evocan el
impulso de una muchedumbre. Las notas de la
gama tienen en sí mismas sus propiedades: la primera es noble;
la segunda es vil, tanto que no
puede emplearse en ciertos aires de música religiosa.
Estas son, al parecer, puerilidades. Pero se encuentran parecidas en
Platón y Aristóteles cuando el uno y el otro se preguntan cuáles entre los
modos de su música son los más capaces de dar
origen a los buenos sentimientos. Hoy es imposible, por cierto, que una
obra deje en algunos centenares de oyentes la misma impresión, lo que
nosotros llamamos sociedad no es en efecto más
que un conjunto fortuito, en donde los hombres
se codean sin ninguna comunión de cultura ni de
fe. Pero en las sociedades unidas como aquellas
de la China antigua o la de las ciudades griegas,
la emoción se puede prever unánime y no es absurdo
buscar el determinar por adelantado la dirección general.
Un arte que dispone a su gusto de los corazones es un precioso medio de gobierno. Ello se ha
advertido tanto en Asia como en Europa. Grecia
tiene espíritu democrático: Los filósofos políticos
reclaman, y en ciertas ciudades como en Esparta,
los magistrados aplican en efecto, leyes sobre la
composición musical, a las cuales están sometidos
todos, artistas y aficionados. En la China teocrá-
tica y patriarcal la música no pertenece a la iniciativa privada;
es una institución; el Jefe del Estado otorga a su pueblo una música de la que es
autor o que se redacta bajo sus indicaciones.
El emperador Yao ha creado una música que
se llamaba T'aí tcháng (gran resplandor); Hoang-tí
ha unido su nombre a la música Hien tch'eu
beneficio universal), y Chouénn ha dejado la
música Chao (concordia), que existía todavía en
los tiempos de Confucio, y tan hermosa que el
filósofo, habiéndola escuchado en el reinado de
Ts'i, quedó, según el testimonio de Liun-Yu, "tres
meses sin conocer el gusto del alimento". Después
de estos tres soberanos legendarios, Yú, fundador
de la dinastía de los Hiá (desde el siglo XII al
XX antes de nuestra era) ha dado este nombre
a su música; la de los Yin (del siglo XVIII al XII)
sé llama Tá hoú (gran protección), la de los
Tcheou (del XII al IX), Tá oú (gran valor). To-
dos los himnos que se encuentran en el Libro de
los versos pasan por ser obra de los antiguos reyes.
"Ellos han dispuesto los sonidos desde el principio, dice el Memorial. Han hecho de modo que
fuesen suficientes para producir la alegría, pero
sin licencia; que las palabras fuesen suficientes
para expresar el sentido pero sin prolijidad; que
las estrofas y las divisiones, la multiplicidad y la
singularidad de los sonidos, su moderación y su
plenitud, las interrupciones y las repeticiones, fuesen suficiente para tocar el corazón en aquello
que tiene de bueno y nada más." Es el rey quien
dispensa a todos por medio de la música, las virtudes necesarias.
La sociedad china en todos sus grados está
fundada sobre el principio de la autoridad benefactora. El hijo debe obediencia a su padre, la
mujer a su marido, el hermano menor al hermano
mayor, el individuo al príncipe; en cambio el padre vela sobre su hijo, el marido sobre la mujer,
el mayor sobre el menor, el magistrado sobre el
individuo, el príncipe sobre el pueblo entero; por
el respeto y la benevolencia está asentada la jerarquía
en los corazones; ella se anima y da sus
frutos de afección, de devoción, de reconocimiento
y de fidelidad. La primera forma de esta jerarquía fué
un régimen feudal, abolido al finalizar
el siglo III antes de nuestra era por el emperador
Cheu Hoang-tí, fundador de la dinastía de los
Ts'in. Este feudalismo difería del nuestro en que
más que en la fuerza del señor, se confiaba en
su sabiduría. El príncipe es un sabio; la misma
palabra (Kiun-tzeú) designa una y otra condición.
Siendo el maestro tiene designios superiores; el
más bello elogio que puede merecer es el de tener
un espíritu lúcido y penetrante, el de comprender
todo, el de conocer todas las cosas.
Las cualidades guerreras no son despreciadas,
pero no son más que una aplicación de esta inteligencia
universal. El príncipe, si cumple su deber,
guía a su pueblo por los caminos útiles que un
privilegio de clarividencia le descubre. El Cielo
llamándolo al trono le ha acordado un poder supremo de pensamiento.
La música que da tiene por objeto inspirar los
buenos pensamientos. "La virtud, dice el Memorial, es el principio de la naturaleza humana;la
música es la flor de la virtud". Esta virtud es
enteramente cívica, y la jerarquía social es el principio de
la moral personal: tal es la doctrina de
Confucio. Su tratado del Gran estudio la resume
así en su comienzo:
"Los antiguos príncipes para poner de relieve
aquí abajo el principio luminoso, desde luego gobernaban su reino;
para gobernar su reino, desde
luego ordenaban su casa; para ordenar su casa,
desde luego mejoraban su persona; para mejorar
su persona, desde luego rectificaban su corazón;
para rectificar su corazón, desde luego purificaban
su pensamiento; para purificar su pensamiento,
desde luego perfeccionaban su conocimiento; la
perfección del conocimiento está en el examen de
toda cosa."
"Examinada toda cosa, entonces el conocimiento se vuelve perfecto; perfecto el conocimiento,
entonces el pensamiento es puro; puro el pensamiento, entonces
el corazón es recto; recto el corazón, entonces la persona
es mejor; mejor la persona, entonces la casa está ordenada; ordenada la
casa, entonces el reino está gobernado; gobernado
el reino, la paz reina aquí abajo."
De este modo todo se dirige y se encadena. Los
deberes hacia el Estado exigen el cumplimiento
previo de los deberes hacia la familia; y éstos
exigen el cumplimiento de los deberes hacia sí
mismo. Es necesario saberse gobernar y obedecer
para volverse capaz, sea de obedecer a los otros,
sea de gobernarlos. Es necesario establecer dentro de sí
mismo una paz que exteriorizada será
la paz de la familia y luego la de la sociedad.
El principio de todas las virtudes no es de ningún
modo la caridad, ni el renunciamiento, ni el valor;
es el orden que el conocimiento asegura. La moral tiene por objeto no exaltar los sentimientos,
sino estudiarlos, a fin de que cada uno sea colocado en el lugar
en que sea útil. Esclarecida por
la razón, ella regla su esfuerzo y dispone sus reacciones
de tal modo que concurran eficazmente al
objeto supremo; que es la armonía universal.
Está establecida de dos maneras: por la música y
por los ritos. Los ritos prescriben al hombre las actitudes y las maneras que convienen a
su rango y a su situación; la música toca su corazón.
"La música viene del interior, los ritos son
instituídos desde afuera. Viniendo del interior la
música produce la calma, Instituídos desde afuera
los ritos producen las demostraciones." Por estas
demostraciones están mareadas las distancias, pero
de la calma nace la concordia. Lo que permite
formular estos aforismos: "La música une; los ritos separan.
De la unión nace la mutua amistad;
de la separación el respeto mutuo. La humanidad es
allegada de la música; la justicia es allegada de
los ritos." Y aún: "La música es un don;
los ritos son un canje, la música se complace en
su principio; los ritos vuelven a su origen. La
música manifiesta la virtud; los ritos corresponden a los sentimientos". Los ritos expresan en
efecto las relaciones de los hombres entre sí: un
acto de cortesía, una señal de deferencia tiene por
consecuencia necesaria otra manifestación, que
equivale a la respuesta; es un "va y viene" según
el dicho de un comentador. Por el contrario la
música no exige la respuesta de otra música: lleva con
ella una cierta disposición moral, es de sí
misma de donde ha surgido; en ella encuentra su
satisfacción; halla su fin en sí.