La música china

Luis Laloy (Parte I) [Ed. Schapire - Buenos Aires, s.d.]

La doctrina

"Si se produce una nota, es en el corazón humano que ella ha nacido. Si el corazón humano está emocionado, es por la acción de los objetos. Se emociona bajo la acción de los objetos y su emoción se manifiesta por los sonidos. Los sonidos se responden entre sí, lo que da lugar a las diferencias. Es cuando estas diferencias se presentan que toman el nombre de notas."
La música es pues el lenguaje natural del sentimiento. Y el sentimiento mismo tiene una causa que no está en nosotros. Según la observación de un comentador la palabra Objeto designa aquí toda "circunstancia exterior"; y un poco más lejos se leen en la obra estos aforismos:

"El hombre nace en estado de reposo; tal es su condición original. Bajo la impresión de los objetos, se emociona; de allí sus aspiraciones naturales."
De este modo el sentimiento expresa la relación de la conciencia con el universo, del sujeto con el objeto, del yo con el no-yo. El sonido es el signo de esta relación. Pero el sonido no pertenece todavía a la música: ella pide las notas, es decir los sonidos diferentes. Otro comentador del texto cita como ejemplo las cinco notas de la gama china. "Mezcladas entre ellas, dice, toman el nombre de notas. Emitidas aisladamente llevan el de sonidos." En efecto lo qué define una nota es su grado de altura, y este grado no puede ser apreciado más que por comparación.
El sonido que manifiesta el sentimiento humano es el de la voz. La música ha comenzado por el canto. Pero éste no es más que un origen teórico. En la práctica el canto se acompaña con instrumentos; además los movimientos de la danza responden a los de la melodía.
"Adaptando las notas a los instrumentos de música, y agregando a ellos los broqueles y las hachas, las plumas y los pendones, se obtiene aquello que se llama Música."
Los broqueles y las hachas son los accesorios de la danza guerrera; las plumas y los pendones los de la danza pacífica. Al fin del tratado se nos muestra cómo estos diversos elementos se han vuelto necesarios unos después de otros:
"En la alegría el hombre pronuncia algunas palabras. Estas palabras no bastan, las prolonga. Las palabras prolongadas no bastan, las modula. Las palabras moduladas no bastan, aun sin que él se aperciba, sus manos hacen algunos gestos y sus pies brincan".
Así se vuelve a encontrar en China esa trinidad de las artes musicales; poesía, música y danza que fué también en Grecia un artículo de fe. Aquí la unión es todavía más estrecha: no es para satisfacer algunas condiciones de belleza; es por instinto que el hombre, en esos transportes de alegría que acompañan a todo sentimiento fuerte escucha sus propias palabras, prolonga el sonido, forma un canto cuyo ritmo se impone a su cuerpo.
Toda música es emoción. Toda música es, pues, emocionante. Un comentador lo hace notar: "Por una parte el corazón humano excita la música, pues los sonidos nacen en razón de su acción; por otra parte la música excita al corazón humano, pues las disposiciones cambian de acuerdo a los sonidos musicales." De aquí resulta que la música tiene efectos irresistibles. Los chinos estiman, como los antiguos griegos, que estos efectos pueden ser previstos por adelantado, estando determinados por el estilo y sus procedimientos. Existe una música que inspira la virtud y una música que corrompe las costumbres. Tal parte del Libro de los versos debe ser cantada para los magnánimos, tal otra conviene mejor a los puros, y los modestos se hallarán bien con una tercera. Cada instrumento tiene su carácter: las campanas son guerreras, las piedras sonoras heroicas, las cuerdas austeras, los instrumentos de cuerda dan idea de amplitud y de multitud, los tambores evocan el impulso de una muchedumbre. Las notas de la gama tienen en sí mismas sus propiedades: la primera es noble; la segunda es vil, tanto que no puede emplearse en ciertos aires de música religiosa.
Estas son, al parecer, puerilidades. Pero se encuentran parecidas en Platón y Aristóteles cuando el uno y el otro se preguntan cuáles entre los modos de su música son los más capaces de dar origen a los buenos sentimientos. Hoy es imposible, por cierto, que una obra deje en algunos centenares de oyentes la misma impresión, lo que nosotros llamamos sociedad no es en efecto más que un conjunto fortuito, en donde los hombres se codean sin ninguna comunión de cultura ni de fe. Pero en las sociedades unidas como aquellas de la China antigua o la de las ciudades griegas, la emoción se puede prever unánime y no es absurdo buscar el determinar por adelantado la dirección general.
Un arte que dispone a su gusto de los corazones es un precioso medio de gobierno. Ello se ha advertido tanto en Asia como en Europa. Grecia tiene espíritu democrático: Los filósofos políticos reclaman, y en ciertas ciudades como en Esparta, los magistrados aplican en efecto, leyes sobre la composición musical, a las cuales están sometidos todos, artistas y aficionados. En la China teocrá- tica y patriarcal la música no pertenece a la iniciativa privada; es una institución; el Jefe del Estado otorga a su pueblo una música de la que es autor o que se redacta bajo sus indicaciones.
El emperador Yao ha creado una música que se llamaba T'aí tcháng (gran resplandor); Hoang-tí ha unido su nombre a la música Hien tch'eu beneficio universal), y Chouénn ha dejado la música Chao (concordia), que existía todavía en los tiempos de Confucio, y tan hermosa que el filósofo, habiéndola escuchado en el reinado de Ts'i, quedó, según el testimonio de Liun-Yu, "tres meses sin conocer el gusto del alimento". Después de estos tres soberanos legendarios, Yú, fundador de la dinastía de los Hiá (desde el siglo XII al XX antes de nuestra era) ha dado este nombre a su música; la de los Yin (del siglo XVIII al XII) sé llama Tá hoú (gran protección), la de los Tcheou (del XII al IX), Tá oú (gran valor). To- dos los himnos que se encuentran en el Libro de los versos pasan por ser obra de los antiguos reyes. "Ellos han dispuesto los sonidos desde el principio, dice el Memorial. Han hecho de modo que fuesen suficientes para producir la alegría, pero sin licencia; que las palabras fuesen suficientes para expresar el sentido pero sin prolijidad; que las estrofas y las divisiones, la multiplicidad y la singularidad de los sonidos, su moderación y su plenitud, las interrupciones y las repeticiones, fuesen suficiente para tocar el corazón en aquello que tiene de bueno y nada más." Es el rey quien dispensa a todos por medio de la música, las virtudes necesarias.
La sociedad china en todos sus grados está fundada sobre el principio de la autoridad benefactora. El hijo debe obediencia a su padre, la mujer a su marido, el hermano menor al hermano mayor, el individuo al príncipe; en cambio el padre vela sobre su hijo, el marido sobre la mujer, el mayor sobre el menor, el magistrado sobre el individuo, el príncipe sobre el pueblo entero; por el respeto y la benevolencia está asentada la jerarquía en los corazones; ella se anima y da sus frutos de afección, de devoción, de reconocimiento y de fidelidad. La primera forma de esta jerarquía fué un régimen feudal, abolido al finalizar el siglo III antes de nuestra era por el emperador Cheu Hoang-tí, fundador de la dinastía de los Ts'in. Este feudalismo difería del nuestro en que más que en la fuerza del señor, se confiaba en su sabiduría. El príncipe es un sabio; la misma palabra (Kiun-tzeú) designa una y otra condición. Siendo el maestro tiene designios superiores; el más bello elogio que puede merecer es el de tener un espíritu lúcido y penetrante, el de comprender todo, el de conocer todas las cosas.
Las cualidades guerreras no son despreciadas, pero no son más que una aplicación de esta inteligencia universal. El príncipe, si cumple su deber, guía a su pueblo por los caminos útiles que un privilegio de clarividencia le descubre. El Cielo llamándolo al trono le ha acordado un poder supremo de pensamiento.
La música que da tiene por objeto inspirar los buenos pensamientos. "La virtud, dice el Memorial, es el principio de la naturaleza humana;la música es la flor de la virtud". Esta virtud es enteramente cívica, y la jerarquía social es el principio de la moral personal: tal es la doctrina de Confucio. Su tratado del Gran estudio la resume así en su comienzo:
"Los antiguos príncipes para poner de relieve aquí abajo el principio luminoso, desde luego gobernaban su reino; para gobernar su reino, desde luego ordenaban su casa; para ordenar su casa, desde luego mejoraban su persona; para mejorar su persona, desde luego rectificaban su corazón; para rectificar su corazón, desde luego purificaban su pensamiento; para purificar su pensamiento, desde luego perfeccionaban su conocimiento; la perfección del conocimiento está en el examen de toda cosa."
"Examinada toda cosa, entonces el conocimiento se vuelve perfecto; perfecto el conocimiento, entonces el pensamiento es puro; puro el pensamiento, entonces el corazón es recto; recto el corazón, entonces la persona es mejor; mejor la persona, entonces la casa está ordenada; ordenada la casa, entonces el reino está gobernado; gobernado el reino, la paz reina aquí abajo."
De este modo todo se dirige y se encadena. Los deberes hacia el Estado exigen el cumplimiento previo de los deberes hacia la familia; y éstos exigen el cumplimiento de los deberes hacia sí mismo. Es necesario saberse gobernar y obedecer para volverse capaz, sea de obedecer a los otros, sea de gobernarlos. Es necesario establecer dentro de sí mismo una paz que exteriorizada será la paz de la familia y luego la de la sociedad. El principio de todas las virtudes no es de ningún modo la caridad, ni el renunciamiento, ni el valor; es el orden que el conocimiento asegura. La moral tiene por objeto no exaltar los sentimientos, sino estudiarlos, a fin de que cada uno sea colocado en el lugar en que sea útil. Esclarecida por la razón, ella regla su esfuerzo y dispone sus reacciones de tal modo que concurran eficazmente al objeto supremo; que es la armonía universal.
Está establecida de dos maneras: por la música y por los ritos. Los ritos prescriben al hombre las actitudes y las maneras que convienen a su rango y a su situación; la música toca su corazón. "La música viene del interior, los ritos son instituídos desde afuera. Viniendo del interior la música produce la calma, Instituídos desde afuera los ritos producen las demostraciones." Por estas demostraciones están mareadas las distancias, pero de la calma nace la concordia. Lo que permite formular estos aforismos: "La música une; los ritos separan. De la unión nace la mutua amistad; de la separación el respeto mutuo. La humanidad es allegada de la música; la justicia es allegada de los ritos." Y aún: "La música es un don; los ritos son un canje, la música se complace en su principio; los ritos vuelven a su origen. La música manifiesta la virtud; los ritos corresponden a los sentimientos". Los ritos expresan en efecto las relaciones de los hombres entre sí: un acto de cortesía, una señal de deferencia tiene por consecuencia necesaria otra manifestación, que equivale a la respuesta; es un "va y viene" según el dicho de un comentador. Por el contrario la música no exige la respuesta de otra música: lleva con ella una cierta disposición moral, es de sí misma de donde ha surgido; en ella encuentra su satisfacción; halla su fin en sí.


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