Jimi Hendrix y Janis Joplin compartieron esa "guerra contra los límites", que acaso hoy suene fatalmente generacional. En aquel 1967 psicodélico, un compañero de aventuras como Jim Morrison lo expresaba en términos de manifiesto: "Me gustan las ideas que se relacionan con quebrar el orden establecido. Estoy interesado en cualquier cosa sobre la revuelta, el desorden, el caos... The Doors sugerimos un mundo que sea el Nuevo Occidente Salvaje. Un mundo sensual y diabólico."

Lo más intrasferible del caso es que el aura de alguna grabación fechada entre el 67 y el 69 atesora tal aura de intensidad que alimenta ese mito de los 60 en tanto Edad de Oro de la cultura popular del siglo XX. Intensidad registrada en una música que suena demasiado viva y estimula una nostalgia impotente: no puede haber "moda retro" de Joplin o Hendrix porque son absolutamente inimitables y únicos. Incluso cuando uno piensa en duplas prototípicas de otras décadas (digamos, Bob Marley-Patti Smith, Prince-Madonna, Tricky-Björk), nuestros héroes de los 60 permanecen incólumes sobre su aura.

Basta con hacer la prueba. Por ejemplo, ver y/o escuchar la versión del himno norteamericano que Jimi perpetró en pleno Woodstock, allá por agosto del 69. En semejante inmolación eléctrica, la exaltación del patriotismo se subvierte y lo que se oye y se siente —más que nada se siente— son quejidos de dolor y explosiones: el dolor de los soldados en Vietnam, la explosión del napalm. Así, a Hendrix le tocó pintar el Guernica de su tiempo, cambiando los pinceles de Picasso por una guitarra.

Segundo ejemplo: Ball and chain (1968) por Janis Joplin. La cuestión ahora es seguir a la muchacha cada vez que lanza un "¿Por qué?". El último "Why?" estremece porque lo posterga uno de esos silencios en que podría pasar cualquier cosa. El grito se define primero en un "guau", después es "miau" y acaba en aullido de lobo estepario hasta ser no más que pura garganta pelada. Ruido. El "efecto Janis" depende de que un verso termine en algún "Ay" ("Cry", "Try"): "yo" en inglés se pronuncia "ay" y Janis lo grita, expresando su profunda herida narcisista.
Como en el caso de Hendrix, de lo que se trata es de experimentar a fondo (Are You Experienced? se llama el debut del negro) lo que sea: placer o dolor. Mediante las obras de estas leyendas se revive un sabor a riesgo que nunca más volvió a ocupar rankings. Eran "experimentales" en serio. Y en tanta intensidad se presiente la sombra de "un desastre contenido" (Robert Christgau): la voluntad dionisíaca derivaba en caos, en suicidio, en sobredosis. Hendrix se hacía uno con su guitarra, a la cual podía quemar o romper hasta que exprimiera su última gota de ruido.

Tras algún show, Joplin solía volver sola a un cuarto de hotel completamente afónica. No se está hablando aquí de mero espontaneísmo, sin embargo. Hendrix se convirtió en un "electrólogo"; Janis, en una "fonóloga": uno estudió la guitarra eléctrica redimensionándola como paleta de sonidos inauditos; la otra se entrenó para demostrar que el grito primal del rock contenía en potencia un arsenal de recursos dramáticos. Ni la guitarra ni la voz sonaron igual después de ellos. Tampoco el blues, la fuente musical que compartían, fue el mismo. De ahí que quienes imitaron sus manierismos (Stevie Ray Vaugham, Bette Midler) no sean sus mejores herederos, sino aquellos que recogieron el guante de la aventura (Eddie Hazel, de Funkadelic; Pete Cosey, de la banda de Miles Davis, y Sonic Youth en el caso de Hendrix; Diamanda Galas; Elizabeth Fraser, de Cocteau Twins, y Björk en el de la Joplin). Ni qué hablar del proyecto Led Zeppelin, donde se reunieron un imitador confeso de la Janis (Robert Plant) y un admirador de Hendrix (Jimmy Page): la banda es excelente, pero eran demasiado machistas y neuróticos como para alcanzar a la sirena y al anarquista de los 60.

¿No será entonces que Jimi y Janis fueron resultado de un contexto histórico que incluía la eclosión del idealismo hippie, la oposición a la guerra en Vietnam, la experiencia psicodélica, la reivindicación de las culturas orientales, la apropiación de la izquierda por parte de los estudiantes, la liberación femenina y la lucha de los negros por sus derechos? En este sentido, la aparición de Janis Joplin —gordita y con acné— fue esencial como modelo. "Cambió las nociones por las cuales una mujer es considerada atractiva. Fue gracias a ella que decidí no hacerme la plancha en el pelo nunca más." (Ellen Willis). Por su parte, la pintora Alfreda Benge testimonia el impacto de Hendrix. "A las mujeres blancas empezaron a gustarnos los negros después de ver a Jimi. Eso ayudó a la causa antirracista". Sin abrazar de manera explícita la causa negra o feminista, Jimi y Janis fueron la encarnación pop de ambas.

No obstante, pronto el brillo de la estrella oscurecería al ícono ideológico. "Me pagan $ 50.000 por año para parecerme a mí misma", se ufana irónica Joplin. El guitarrista, entre tanto, recibía una fortuna a cambio de su actuación en la "igualitaria y comunal" fiesta de la paz y el amor que quiso ser Woodstock. En su look paradójico de gitana aristócrata, la cantante iba anunciando su destino de Marilyn hippie: al final, aceptó ser parte del merchandising de la contracultura. Como señala la crítica feminista Ellen Willis, "la fantasía del estrellato y la fantasía de la revolución cultural en un momento entraron en contradicción y se quebraron."

A fines de los 60, el rock ya contaba con su propio Hollywood. Pronto vivir intensamente se pareció a un "gasto": consumismo descontrolado y descontrol que consume. No en vano, las muertes de Jimi (18 de setiembre de 1970) y de Janis (4 de octubre del mismo año) coinciden con el comienzo de los 70 y su clima de fin de fiesta. Cartón lleno: Los Beatles recién separados. Como dijimos, las ansias de vivir y la vida ansiosa de un pop star en carrera desembocaron juntas en psicosis (Syd Barrett de Pink Floyd, Rocky Erickson de 13th Floor Elevators) o sobredosis (Brian Jones, Jim Morrison). Ni Hendrix ni Joplin tuvieron la oportunidad de sentar cabeza, cumplir los 30 y hacer suya la frase "Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir". Tras sus desapariciones, Lennon decretó que el sueño había terminado. La recesión económica, el fin de la guerra, el caos del clan Manson, los desastres ecológicos y la violencia racial, dejaban claro que los "dorados 60" dependían más de las circunstancias históricas que de las utopías hippies.

Los excesos psicodélicos derivan en delirios de grandeza machista (el Heavy Metal), en ínfulas de virtuosos (el rock sinfónico), en una reivindicación camp del estrellato (el Glam) o en experimentos de culto (el rock progresivo, el jazz rock). Otros que habían volado bien alto —caso Byrds o Grateful Dead— se refugian en el pasado, en el folk o el country. El lado oscuro de la luna (1973), uno de los discos más vendidos de los 70, comprueba que los sobrevivientes de la década anterior ya contaban con buenos equipos de música donde escuchar canciones cínicas sobre el dinero y la psicosis. El rock ya no participaba de una utopía colectiva, alimentaba "juegos de la mente" individuales.

Las carreras meteóricas de Joplin y Hendrix sentaron un molde donde el rock sufre una fricción insoluble entre sus aspiraciones románticas y sus intereses comerciales hasta que la tensión desata la autodestrucción de la estrella de turno. Las muertes de aquellos héroes de los 60 congelaron una parábola para el rock que remeda el mito de Icaro: cualquiera que se atreva a experimentar el "modo de vida del rock and roll" hasta sus últimas consecuencias ya sabe a qué atenerse.




Vidas en paralelo
Nacieron y murieron en los mismos años e inspiraron a las generaciones del rock que siguieron.
Vivieron al límite

y fueron víctimas del descontrol.

Pero cambiaron los roles de los cantantes y los guitarristas.


Quiero verlo y oírlo todo

(Up From The Skies, Jimi Hendrix) 1967)


"Su guerra contra los límites era totalmente responsable del poder electrificante de las primeras performances de Joplin."

(Ellen Willis, 1976)

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