La guitarra popular y anónima en la Banda Oriental

Cedar Viglietti


A) La guitarra popular y anónima

Llamaremos popular a esa humilde guitarra que tañe el pueblo por simple afición, sin cultura. musical, "de oído" -como suele decirse.
Guitarra que es a ratos amiga, a ratos enemiga de1a otra - de la que se toca por música. Amiga, porque en algunos casos, los menos, es la precursora del advenimiento formal de esta última, cuando aquellos acordes o "tonos" tan y tan batidos comienzan a cansar con su insoportable monotonía. Enemiga, porque al comenzar, en tren de elegir, la mayoría se inclina por ese camino tan fácil pero que a nada conduce.
Esta alternativa antaño no era posible, por falta de maestros, textos, cultura inclusive. De ahí nuestro respeto por aquellas humildes guitarras del pasado; ellas son de algún modo las actuales, en éstas sobreviven. Por eso las evocamos.
Un curioso abate muy caminador nos dice por 1763, respecto de las damas montevideanas: "Las mujeres en su casa hacen sociedad, y no se hacen rogar para cantar, bailar, tocar el arpa, la guitarra o el mandolino".(1)
Más adelante leemos: "Durante las horas de la mañana ellas permanecen sentadas en los taburetes de sus habita- ciones, teniendo a sus pies una estera de paja sobre el piso y encima de ésta una manta indígena o pieles tigre. Allí tocan la guitarra o algún otro instrumento, cantan y toman mate, mientras las negras esclavas preparan la comida".(2)
En 1767, en un inventario del Departamento de Colonia encontraremos "un arpa, guitarra y violín formando el instrumental de una capilla". (3)
Del mismo año es un "Inventario de todos los vienes muebles y raices que contiene la estancia del Rey que tenían los Padres Jesuitas llamada de las Bocas y por otro nombre la Calera... Una capilla de ladrillo y nueva techada a vóbeda tiene las alajas siguientes: Una custodia de plata... arpa, guitarra y biolín encordado".(4)
En 1775 el libro de cuentas del Cabildo de Soriano anotaba muy prolijamente, con la característica de las historiadas letras de entonces, la no menos prolija deuda del cura local: ൧/2 rr.s. de cuerdas para harpa y guitarra de la Yglecia."(5)
De la misma fuente entresacamos que al liquidarse una sucesión de Soriano, en 1783, aparece "una guitarra de pino en buen uso" por la que Pedro Sánchez "hizo la mayor y mejor postura" ofreciendo "nueve reales".
Diez años antes había escrito Concolorcorvo su conocida frase: "Los gauchos o gauderios son unos mozos nacidos en Montevideo o en los vecinos pagos. Se hacen de una guitarrita que aprenden a tocar muy mal"... etc.
En 1785, en un sumario instruído en Montevideo en el embargo de una tienda, entre otras prendas del vestuario del gaucho hallamos: ... "bainas de suela para cuchillos, ponchos santiagueños de varios colores, calzones de tripe ordinario [especie de terciopelo] encarnados y uno azul, ceñidores de seda, bombillas de Lata para tomar mate, sombreros blancos de Panza de burra, mazos de cuerdas de guitarra"... etc.(6)
El historiador Torre Revello nos dice del Montevideo de ese siglo: "En muchas casas había el tiple, especie de guitarra, y el clave, a cuyos sones se animaban las tertulias.
En campaña se armaban francachelas al son del tiple y del canto monótono de entonces." El tiple era una especie de guitarra más pequeña, de voces agudas; su sonido más bajo solía corresponder al Si de la quinta cuerda de la guitarra corriente, aunque a veces se afinaba como ésta.*
También se le llamaba requinto, nombre éste que por extensión designó a esa pieza suelta de metal o madera que se coloca en cualquier parte del diapasón apretando todas las cuerdas para subir el tono del instrumento; igualmente llamado trasporte o capotasto pero cuyo nombre académico es cejilla o cejuela, y también ceja (8a.a.)
No obstante la denominación de "tiple" que le da Torre Revello, no debe tomarse en sentido general; ayuda un poco a dicha confusión el hecho de que la mayoría de las guitarras antiguas solían ser de menor tamaño y de menos amplitud en el ensanche inferior -es fácil advertirlo en grabados o pinturas de la época- , y que, como ya lo vimos en capítulo anterior, se asemejaban más al número 8 que las actuales.
Oigamos a dos clásicos historiadores nuestros, Francisco Bauzá y Orestes Araújo. Dice este último, agregando palabras del primero: "La música y el canto fueron entonces cultivados por los españoles y americanos excepción hecha de los indios) antes de la fundación de Montevideo. "El faenador clandestino, el changador, el gauderio, se hacían notables por sus lances amorosos, sus rencillas, sus cantares... trovadores melancólicos que al son de la guitarra cantaban endechas de amor." "Siendo el punto de reunión la pulpería y su afición el canto y el baile, la guitarra no faltaba en ninguno de esos establecimientos". "La guitarra y el canto lo divierten [al gaucho] sobremanera, y es capaz de escuchar sin fastidio durante toda una noche a un guitarrista". Estas palabras son de Bauzá, de quien no olvidemos que escribió su historia en 1880, nació en 1849 y es nieto de Domingo Bauzá, nativo de Montevideo y Alcalde de la ciudad.
Conocidas son las descripciones del viajero Espinosa, que en 1789 dice de nuestros gauchos: "Si es invierno, juegan y cantan unas raras seguidillas desentonadas... llaman de cadena, perico o mal ambo, acompañándose con una desacordada guitarrilla, que siempre es un tiple".
En 1807 un oficial inglés publica en "Estrella del Sur", sobre nuestras montevideanas: "El sexo femenino es amante del baile; muchas saben música y con frecuencia se oyen al pasar el sonido del piano o los tonos de la guitarra; pero sus adornos rara vez pasan de éstos, y aún se dice que pocas saben escribir antes de casarse; aquí hay una librería solamente, con veinte o treinta volúmenes". Podemos agregar a este buen inglés, que frente a esa solitaria y casi vacía librería funcionaban en un Montevideo más o menos contemporáneo nada menos que dos guitarrerías...
Cabe aquí la conocida referencia de Azara, correspondiente también a la primera década de ese siglo: "En cada pulpería hay una guitarra, y el que la toca bebe a costa ajena. Los gauchos cantan yaravíes o tristes"...
En 1808 escribía otro inglés: "Ninguna mujer decente [de Montevideo] sale de su casa sin ser acompañada por un esclavo o esclava, y si es soltera no aparece en la calle sin la compañía de su madre o de alguna amiga casada.
Su diversión principal es la de cantar y tocar la guitarra. Todas parecen ser amantes de la música, y algunas saben tocar el piano". Luego de comentar su constante alegría, dice que las pobres trabajan fabricando cigarros, y aun las burguesitas los fabrican para toda la familia, y termina: "Las tonadas son de carácter amoroso y de melancólicas romanzas del Perú".(7)
Escuchemos a un portugués informando sobre nuestro gaucho, en 1815 : "Son muy lascivos, celosos... Roban las solteras y aun las casadas, y las trasportan a largas distan- cias cuando se prendan de ellas; y gustan de cantar y tocar la guitarra".(8)
Y continúa diciendo: "No piden otras comodidades que una fogata de invierno, donde se reúnen sentados en cuclillas y cruzando los más de ellos los pies como las mujeres, y cuando más una cabeza de animal que es su mejor taburete, donde se pasan las noches en el fuego, con la guitarra y el traguito de aguardiente con mate, más contentos que muchos generales en el mayor banquete". (op.cit.)
Un discutido historiador nuestro, F. A. Berra, publicaba en su cuarta edición, a fines de siglo: "Los campesinos criollos y mestizos solían reunirse en la pulpería y amaban la música, el juego y el canto... mientras se bebía aguardiente (pues el vino no era agradable al gaucho) un guitarrista, que nunca faltaba, lucía su habilidad tocando y cantando tristes que disponían a la melancolía"...
Ahora es un sueco, Graaner, que informa en 1816 al príncipe Bernadotte: "Al criollo del Río de la Plata le gustan con locura los juegos de azar, la danza, la música del arpa y la guitarra, el cigarro y el té del Paraguay. No comen sino carne de vaca... y suelen carnear un novillo para cada 25 hombres" [en la guerra].
Al margen de la música, trascribo del mismo: "Cuando Artigas abrió la campaña dio a cada uno de sus soldados un peso, cinco libras de tabaco y cinco libras de yerba, anunciándoles que era ese todo el sueldo y todas las provisiones que debían esperar durante la guerra". En 1828 arriba a nuestras costas, a bordo de la corbeta "Chantecleer" el cirujano inglés H. B. Webster, que escribe respecto al gaucho de esta Banda: usan "el poncho de colores, en los que, a veces, el escarlata brillante y el amarillo son particularmente destacados.
Llega tan bajo como para mostrar sólo el borde de los pantalones blancos [sic] sobre los pies que frecuentemente no están cubiertos ni por zapatos ni por medias. Así ataviado, hace una aparición muy singular, en su caballo, a veces con su Dulcinea atrás de él, y acompañando algún madrigal favorito con su guitarra, con un verdadero espíritu de caballería y romance".(9)
Es ahora un francés, Arséne Ysabelle, residente varios años en nuestro país, quien escribe en 1830: "Las porteñas y montevideanas están tan bien organizadas para la música como los italianos; pero no se toman el trabajo de estudiar (generalmente hablando); les basta oír una o dos veces un aire, una contradanza o una obertura para repetirla en el piano o en la guitarra con la mayor exactitud"...
Dice en otra parte, creo que refiriéndose a Paysandú: "Algunas veces los novios o enamorados se hacen el chiripá con el chal de su amada; entonces se les ve improvisando con la guitarra sobre cantos de iglesia, versos rimados que cantan a la puerta de la casa de su china o en la pulpería". Esta vez el célebre Darwin, a su paso por los departamentos de Lavalleja o Maldonado, anota en 1832: "Hicimos alto en una pulpería o tienda de bebidas. Vinieron numerosos gauchos a beber licores y a fumar puros..."
Describe muy bien al gaucho, y agrega, luego de pernoctar en un rancho: "La noche se pasó en fumar y en cantar al son de la guitarra alguna canción improvisada".(10)
Hagamos un salto a París, y veamos un diario de 1833 refiriéndose al gaucho oriental: "Leurs dances sont assez gracieuses; ils dancent ordinairement, et des heures entiéres, au son de la guitare, sur une mesure a trois temps". [¿El Pericón? ](11) Corresponde oir a un italiano contándonos sus asombros, allá por el año 1834, por costas de nuestro río Santa Lucía: "Sentados en cráneos de buey cenamos, y nuestros buenos huéspedes gauchos nos entretuvieron con sus tristes cantos, acompañados por una guitarra de dos cuerdas (vigüela)" (textual). Sigue luego rumbo a Montevideo y allí ve "...las casas con grandes ventanas hasta el suelo, siempre abiertas por ostentación. Los transeúntes pueden por tanto ver a cada paso, desde la calle, las más ricas doncellas, recostadas perezosamente sobre el sofá, con el abanico y con la guitarra en la mano o con el cigarrillo en los labios, con flores en sus trenzas y en poco recatado atavío, muy poco celosas de los brazos o del seno, siempre risueñas, alegres y amorosas".
Si serían tentadoras estas criollas odaliscas, que igual que sus madres y sus abuelas, sin más cambio que este sofá por aquel cuero de tigre que ya vimos, seguían perezosamente fumando y rasgueando la guitarra... Lo cierto que el tal forastero fue discretamente llamado y agasajado por las dichas doncellas, y "...no bien dije que era italiano, me ofrecieron una guitarra para que les cantara por lo menos una romanza".(12)
Nuestro Magariños Cervantes describe una pulpería de antaño: "Allí se reunían por la mañana y al caer la tar- de, a echar un trago los gauchos de diez leguas a la redonda. Hablaban de las próximas carreras, hacían apuestas, se concertaban para una batida de tigres, improvisaban los payadores tocando la guitarra". W. H. Hudson, por 1866, en "Tierra Purpúrea", dice: "En una humilde estancia de Durazno... después de la cena tuvimos cantos y bailes al son de la guitarra, que cada uno de la familia, excepto los nenes, tocaban un poquito".
Un compatriota, Samuel Blixen: "El gaucho que blandía la lanza como el mismo Aquiles, tocaba la guitarra con dulce expresión e improvisaba melodías impregnadas en la tristeza de la soledad y del desierto.
Ya no resuenan los melancólicos tristes bajo el ombú frondoso, en las calladas noches de estío; pero en cambio estallan las milongas quebrallonas en los sucios tugurios de los arrabales".
Pocas palabras, pero en ellas sintetizados el coraje del gaucho, su amor por la música personificado en la guitarra, y el proceso de nuestro folklore musical, el triste arriando banderas ante el empuje de la milonga suburbana. No olvidemos que este buen escritor nace en 1867: asistió, pues, al crepúsculo de los dioses-gauchos de la Banda Oriental.
Contemporáneos del anterior son los siguientes clásicos uruguayos: Carlos Reyles y Santiago Maciel, que se refieren a dos mujeres, una que "en la guitarra rasgueaba con andaluz donaire [ya se advierte quién podría decir así] un cielito suave" la de Maciel, a su vez, "colocando el instrumento sobre el muslo derecho, ló afinó, cruzó la pierna. y comenzó a modular un estilo lleno de fugas y rasgueos..."
Otro clásico nuestro, Manuel Bernárdez, relatando unas maniobras militares en sus días de campo memorializa, refiriéndose a los últimos gauchos que observó posiblemente por Salto o Paysandú: "Yo los he visto cuando era niño [1870] y los he admirado. Ya entonces eran raros, pero menos que hoy [1887]. En una gran estancia del interior vi algunos hombres de tristeza altiva, que en las tardes de estío y en sus noches perfumadas cantaban bajo el ombú de eternas hojas verdes, canciones tristes y vagas, como reprimidos ayes de dolor. Luego los veía dejar la guitarra, cuyas cuerdas quedaban repitiendo, temblorosas, el último acorde triste, como si no quisieran olvidarlo..." Son páginas bonitas, dentro de su ingenuo romanticismo, y bastante exactas.
Una carta de Domingo Ordoñana, fechada en Chicago al 1885, luego de comparar Dakota con Minas, dice:
"...los antiguos changadores y cruzadores de caminos en territorio uruguayo, compadrones y gauchitos como Pincha-ratas y Martín Curú, los indispensables de todas las yerras, los necesarios de todos los velorios, los que dirigían cielitos y pericones y cortaban las cuerdas de la guitarra para darse tono de promover una camorra y robarse alguna moza del baile de candil..."(13) Nótase en esta época, a fines de siglo, en pagos sureños; cierta decadencia, que no llega a ocaso, de la guitarra, cediendo ante el empuje de un nuevo personaje que irrumpe en escena con menos arte pero con más bríos.
Mejor es oír a Zum Felde: "La polka, el vals, la mazurca, bailes de la ciudad, suplantan al baile criollo. La propia guitarra tradicional y romántica, que han pulsado el amor, el humor y el heroísmo, en los fogones y bajo los ombúes, en los atardeceres de la enramada y en las fatigas de los campamentos, la guitarra grave y cálida como una hembra apasionada, empieza a tener por rival al acordeón, gangoso cocoliche que avanza contoneándose desde los pagos de Canelones".

* En Colombia fue el instrumento criollo por excelencia, antes se usaba sólo para acompañamiento, pero ahora hace también la melodía. Consta de cuatro órdenes triples: tres mi (de la 4ta. 2do. traste), tres si (de la 2da, al aire), tres sol (de la tercera al aire) y tres re (de la 4ta. al aire; así afinado se llama requinto. Pero cuando en lugar de llevar al unísono cada uno de los órdenes lleva sólo uno e intercalando en cada uno de los restantes una octava baja (o sea un si como de la 5ta. traste dos entre dos si dela 2da. al aire, etc.) en ese caso es llamado tiple. Su largo oscila entre m.0.84 y 0.88. La notación es a la 8va. superior. Algunos tienen dos órdenes dobles y dos triples. En Cuba y Chile usóse el "cuatro", una variante con otras tantas cuerdas, existiendo también el "tres".

1) Historia de un viaje a las Islas malvinas, de Dom Pernety
2) Op. cit.
3) Documento de los jesuitas, de Leoharth, S.J.
4) Fascículo 7/966 de la Facultad de Arquitectura
5) La música en el Uruguay, Lauro Ayestarán
6) Boletín Histórico Nos. 77/78/79
7) A gentleman, en Notes on the Viceroyalty of La Plata (E. Salterain Herrera)
8) Caillet-Bois
9) Cronistas de la tierra purpúrea
10) Viaje alrededor del mundo, Darwin

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