Entre 1535 y 1792 algunos tratados de teoría musical conocidos genéricamente con el significativo nombre de Musica Poetica, aplicaron los preceptos de la retórica literaria al estudio de diversas materias musicales. Analizaron los procesos de creación musical a la luz de una inventio retórico-musical, observaron los problemas macroestructurales en el marco de la dispositio y formularon una pronuntatio musical que dictaba normas a los intérpretes para la correcta ejecución de las obras. Como toda retórica que se respete, el mayor desarrollo de la musica poetica se dió en la elocutio. La decoratio musical llegó a especificar más de 120 figuras retóricas musicales.
En 1984 el historiador de la retórica inglés Brian Vickers publicó un documentado y brillante artículo sobre la retórica musical en el barroco ("Figures of Rhetoric/Figures of Music?"; Rhetorica 2; 1984: 2). En éste descarta por completo la posibilidad de adaptar el aparato de las figuras retóricas a la música y pone en entredicho la validez de los principios de la retórica musical Barroca. El trabajo de Vickers es notable por tres razones: 1) constituye uno de los más rigurosos y profundos análisis críticos que se han hecho sobre la adaptación musical de la retórica; 2) es el primero en señalar inconsistencias y errores cometidos tanto por los tratadistas barrocos como por los musicólogos modernos y 3) es el único trabajo que conozco dedicado a la retórica musical, elaborado por un especialista en historia de la retórica. Efectivamente este corpus de teorización retórica, que se extendió por más de doscientos años, ha sido prácticamente marginado de estudios, historias y manuales especializados y, con perdón de la mesa, permanece ignorado por la gran mayoría de especialistas y eruditos de la retórica.
En esta comunicación discutiré algunos puntos de la crítica vickerana a la retórica musical del Barroco. No pretendo negar ni justificar los errores u omisiones de los teóricos de la retórica musical del Barroco. Mi intención es proponer una reinterpretación de esta teoría insertada en un marco más amplio que el empleado por Vickers. Por razones prácticas omitiré referencias bibliográficas básicas, nombres de autores y tratados históricos, datos, fechas y demás informaciones que entorpecerían la lectura. Esta información está disponible en la versión escrita de este trabajo.
2. Del lenguaje a la música: la creación de la retórica musical y la especificidad semiótica de la música.
Basta con ver en el Institutio Oratoria la exhortación que hace de Quintiliano a los oradores a emular la dicción de los músicos para apreciar la longevidad y cercanía de los vínculos entre retórica y música. El punto toral de esta relación es el objetivo común de literatura y música de producir efectos en el escucha.(nota 1) Para los teóricos del XVII y XVIII si la música quería adquirir el poder de conmover entonces debía imitar las estrategias persuasivas vinculadas con la movere retórica, pues, como era bien sabido, los oradores eran las máximas autoridades en este campo. Por otro lado los humanistas musicales afirmaban que la música más apta para mover los afectos era aquella que se basaba en un texto. La música vocal debía entonces girar en torno al poema, a la historia a contar. Debía ilustrar de alguna manera los conceptos y significados de palabras, frases o textos completos. La verba musical debía adaptarse a la res literaria. Cuando este postulado llevó a la creación en la Italia de fines del XVI y principios del XVII de la ópera, la retórica, una vez más, se reveló como una eficaz aliada de la música. Por último, es bien sabido que todo personaje medianamente instruido de los siglos XVI, XVII y XVIII tenía conocimiento de las técnicas de la retórica pues así como en toda institución educativa se impartió la disciplina, varios de los tratados fundamentales de la retórica fueron reeditados continuamente durante este tiempo.
Vickers señala este trayecto histórico apoyado siempre en fuentes bien documentadas. Además, subraya algunas analogías que pudieran observarse entre las prácticas de la oratoria y la música. Ve con naturalidad que la música se apoyara en la tradición retórica para desarrollar sus categorías y no duda en afirmar que la música es deudora en más de un aspecto de la retórica.
Sin embargo, aun admitiendo la identidad de objetivos y de coincidencias que han hermanado a estas dos disciplinas a lo largo de los siglos, Vickers no acepta que las más detalladas técnicas de la retórica puedan ser aplicadas a la música. Desprecia los intentos de un análisis sintáctico y gramático de la música a la manera de Mattheson (1739) o Forkel (1788). Menosprecia los intentos de Vogt (1719), Henichen (1728) y el propio Mattheson de aplicar la inventio retórica a la música. Afirma que la dispositio sólo puede aplicarse de modo superficial y fácil. Pero lo que cuestiona más meticulosamente es la adaptación de las figuras retóricas a la música. Vickers articula sus objeciones en torno a dos preguntas fundamentales: "¿hasta que punto los términos retóricos se pueden aplicar directamente a la música? ¿Hasta que punto un sistema estético de naturaleza lingüística [como la retórica], puede ser adaptado a otro no-lingüístico [como la música]?" (Vickers, 1984: 2).
Los tratadistas definieron más de un centenar de figuras retórico-musicales. En su gran mayoría se trata de adaptaciones de figuras literarias al campo musical. Si en algunas las similitudes con las figuras literarias son evidentes y fuertes, en otras el vínculo es apenas identificable. Otras más poseen nombres similares a los modelos literarios pero sus modos de acción son completamente distintos. También existen, en menor número, figuras originales que describen procesos exclusivamente musicales.
Vickers afirma que las similitudes entre literatura y música se apoyan más en principios sugestivos que sistemáticos. Por ejemplo, la ilusión de que las notas en música se comportan del mismo modo que las palabras en el lenguaje: si las notas pueden repetirse como lo hacen las palabras, entonces el efecto de la repetición musical será similar al de las repeticiones literarias. Así las cosas, la conformación de la retórica musical del Barroco, sentencia Vickers, se redujo a la búsqueda en libros de texto retóricos, de figuras adaptables a estructuras musicales. Así, la retórica musical se ató al modelo literario importando también los defectos e inconsistencias terminológico-taxonómicas que caracterizan la decoratio literaria.(nota 2) La teoría musical del barroco permitió la adopción de la terminología retórica, aún con sus imperfecciones y sus retorcidas tipologías, gracias a que poseía vagas y poco definidas categorías propias, concluye Vickers.
Sin embargo, señala el retórico, en este proceso de asimilación, permea una evidente ingenuidad, se cometen una gran cantidad de errores y prevalecen los malos entendidos. Por si esto fuera poco, los musicólogos actuales, la mayor de las veces acríticamente entusiasmados con el deslumbrante hallazgo de una retórica musical, lejos de señalar los evidentes errores que cometieron los teóricos Barrocos, los perpetran y, a su vez, cometen nuevas tropelías contribuyendo al caos que caracterizan a esta pseudodisciplina. Las deformaciones de la pretendida retórica musical son achacadas por Vickers a la omisión histórica de dos consideraciones: 1) que no se puede describir un arte con el lenguaje de otro sino hasta cierto punto y 2) que no se pueden ignorar los problemas derivados de la aplicación de un sistema de naturaleza lingüística a otro no verbal.
Vickers reta a "investigar el grado de trasladibilidad de un modelo proveniente de un arte-sistema a otro, empezando por las simples figuras de repetición" (Vickers, 1984: 27). Después del análisis de varias figuras de esta clase,(nota 3)Vickers señala múltiples deficiencias y errores en la constitución de la decoratio musical.(nota 4) De entre estos equívocos, lo que más preocupa a Vickers es que al trasladar el aparato de las figuras retóricas al ámbito musical, éstas perdieron su riqueza y especificidad lingüística. La figura musical sólo es capaz de preservar algunos de los rasgos que caracterizan la figura literaria y desecha muchos otros que, para Vickers, son consustanciales a la retórica. De este modo, el proyecto de una retórica musical no condujo sino a la simplificación y erosión de la especificidad lingüística de la retórica. "La aplicación musical de una figura, nos dice Vickers, siempre es más limitada que su función retórica, y este fenómeno es común al trasladar un efecto lingüístico a otro plano"
(Vickers, 1984: 41).
Para Vickers, este proceso simplificador ocurre, simultáneamente, en tres ámbitos:
1) En el modus operandi: la figura literaria actúa con procedimientos muy
específicos sobre determinados elementos de uno o varios niveles lingüísticos. Del
espectro operativo de las figuras literarias, la música toma un limitado número de
rasgos que, vía semejanzas analógicas amplias y generalizantes, permiten su
aplicación al nuevo sistema: "el modelo de la retórica, dice Vickers, puede ser
aplicado sólo parcialmente por medio de una analogía o tertium comparationis
que preserva sólo un elemento del complejo contenido de la figura retórica"
(Vickers, 1984: 31). En consecuencia, las definiciones de las figuras musicales
son, en comparación con las literarias, vagas, confusas y excesivamente
generales.
Muchos fenómenos musicales caben en cada categoría retórica. Del mismo
modo, dada sus particularidades semánticas, la música no puede hacer
pertinentes los modus operandi que actúan sobre el nivel semántico de la lengua.
En la música, la figura retórica se constriñe a los niveles formales del sistema. En
consecuencia, la retórica musical no produjo sino meros remedos de esquemas
formales de las figuras literarias.
2) En la producción de efectos: toda desviación retórica, aún las figuras de
repetición, pretenden producir determinados estados anímicos en el usuario del
sistema. Para Vickers es cierto que la música puede reproducir efectos
emocionales "generales" pero no puede abarcar ni la estructura verbal específica
de los mismos, ni "la dimensión completa de su significado" (Vickers, 1984: 40).
Una vez más, perturbantes niveles de ambigüedad son introducidos a la retórica
cuando se traslada al sistema musical.
3) En las connotaciones semánticas: si bien la música puede adoptar los aspectos
formales de la figura retórica, jamás podrá asimilar el espectro de connotaciones
semánticas que ésta propicia. Aún en las figuras de repetición, los rasgos
semánticos de la figura retórica se reducen a meras analogías estructurales
cuando son trasladadas a la música: "el efecto literario [de las figuras], apunta
Vickers, se disminuye considerablemente, o se traslada de manera fundamental"
(1988: 364). Apoyándose en la filósofa Susanne Langer (Philosophy in a New
Key, 1942), Vickers señala algunas de las diferencias sustanciales entre los
procesos de significación de lengua y música: la música no tiene significado literal.
Sus recursos expresivos no constituyen un vocabulario en sí. Si bien puede haber
significados verbales asociados a las estructuras musicales, ni sus estructuras
significativas pueden reducirse a unidades pequeñas de significado, ni sus
factores semánticos se pueden aislar. La música es un signo inconsumado.(nota 5)
Por lo tanto, la música carece de significados convencionales, por lo que
ofrece una libertad de pensamiento particular no verbalizable e intraducible
a otro medio o sistema. La retórica es inalienable de la comunicación y emplea
exclusivamente palabras y unidades de significado verbalizables (Vickers,
1984: 44).
3. Retórica, lenguaje y metalenguaje.
Para Vickers, la retórica es una disciplina, arte o sistema estético constituido por y para el lenguaje. Al lenguaje se debe y al lenguaje limita su acción. Esta condición se opone a todo intento de "trasladar" la retórica a cualquier sistema no verbal como la música.
La mayoría de los manuales (nota 6) definen la retórica como un dispositivo teórico (o metateórico) cuya pertinencia se limita a dos actividades: la creación y el análisis.(nota 7) La retórica es un artefacto teórico que faculta la intervención sobre un texto desde dos perspectivas: 1) permitiendo al productor del texto regular ciertas funciones y fenómenos durante el proceso de creación y 2) ofreciendo al analista una herramienta inductiva para la identificación y descripción de la función retórica de algunos fenómenos textuales del complejo global del texto.(nota 8) En el primer caso, el discurso retórico es explícito. Aparece desarrollado en los manuales preceptivos, en la poética. En el segundo, la dimensión retórica permanece en estado latente dentro del entramado textual. Esta retórica es de naturaleza implícita y requiere de la intervención del analista para constituirse en discurso. Como ya sabemos, en muchas ocasiones el trabajo y consideraciones retóricas que productor y analista generan sobre un mismo texto, no coinciden entre sí.
Con estas observaciones no pretendo sino subrayar la realidad extratextual del aparato retórico. La retórica no está en el texto. Lo retórico no subyace en la configuración inmanente del texto, ni en su sustancia lingüística. La retórica es un metalenguaje que se levanta sobre él. El discurso retórico es una construcción, un coadyuvante al trabajo de productores y analistas del discurso. El aparato retórico, si bien se expresa por medios verbales, no pertenece al mismo nivel epistemológico de su lenguaje objeto (fig. 1).
Figura 1
Vickers omite esta distinción y asume que literatura y oratoria ostentan el mismo status lingüístico que el aparato retórico destinado al estudio de ciertos aspectos de éstas. Confunde los medios con que se expresan el lenguaje objeto y su metalenguaje, con las pertinencias y ámbito epistemológico en los cuales cada uno de ellos se desenvuelve. La retórica y la musicología son metalenguajes explicitados por medios verbales. La primera tiene por objeto de estudio un fenómeno verbal, la segunda no. Aunque los retóricos musicales del Barroco no lo sabían, estaban haciendo musicología. Es en este nivel, el del metalenguaje, que el aparato retórico se traslada a las categorías musicológicas (que no musicales). La dimensión retórica de la música radica, en primera instancia, en la constitución del discurso que pretende explicarla. Pese a que Vickers no pasa por alto este hecho, para él la retórica sólo constituyó un mero estimulante al discurso de la crítica musical y a los recursos de la verbalización del hecho musical. Pero este proceso intersemiótico no fue inocuo.
Todo metalenguaje establece una compleja relación de interdependencia con su lenguaje objeto. Entre ambos niveles se articula una relación oblicua. Sin lugar a dudas, el metalenguaje retórico impactó la concepción que el hombre barroco (o por lo menos un nutrido grupo de eruditos) tenía de la música y lo musical. El estudio de la importancia y trascendencia de este impacto no puede desvincularse del análisis semiótico de la dinámica de las relaciones entre lenguaje y metalenguaje.
Pese a sus innegables diferencias, ambos, lenguaje y música son sistemas semióticos. El hecho de que la aplicación de un sistema de naturaleza lingüística a otro no verbal presente problemas específicos, como plausiblemente sentencia Vickers, no es condición suficiente para reprimir todo intento transemiótico. Si la retórica, entendida como andamiaje desarrollado para el estudio de fenómenos verbales, tiene alguna posibilidad de aplicación a la música, no es por las supuestas semejanzas que se pudieran observar en el nivel inmanente de los textos y las obras musicales, sino por la identidad de procesos que se registran en el ámbito de construcciones y relaciones semióticas tejidas entorno a éstos. A fin de cuentas, la retórica no es otra cosa que un auxiliar de ciertas conductas extratextuales.
Llegados a este punto, es menester reformular las preguntas fundamentales de Vickers en los siguientes términos: ¿en que medida el metalenguaje desarrollado para estudiar ciertos fenómenos de los sistemas verbales pueden aplicarse a fenómenos similares de naturaleza no verbal? ¿que adaptaciones y adecuaciones sufre un metalenguaje cuando es requerido por otro lenguaje objeto?
3.1. La desarticulación de especificidades. La adecuación de un modus operandi.
Resultaría tan absurdo negar los evidentes errores cometidos por los teóricos musicales, como intentar justificar la irresponsabilidad en que han incurrido varios musicólogos contemporáneos. Justo es reconocer que el inicio de la crítica de los pilares de la retórica musical del Barroco es una deuda que tenemos con Vickers. Sin embargo, lo que no comparto con el venerable erudito, es que estas erratas devalúen tanto el ejercicio teorizador de los tratadistas barrocos que nieguen su valor.
El que la retórica perdiera sus especificidades lingüísticas para adaptarse a la música me parece un proceso lógico que no constituye una irrespetuosa afrenta para esta disciplina. En todo caso, se trata solo un tránsito en la expansión del domino retórico. Lejos de reducirse o simplificarse, durante el los siglos XVII y XVIII la música vio la ampliación de sus fronteras lingüísticas continuando un proceso iniciado en el siglo XV, en el cual se registran los primeros intentos de retorización de la teoría de la pintura, los cuales llegarán a su apogeo precisamente en el Barroco (cf. Baxandall, 1996 y Lee, 1982). Si en un primer estadio el modus operandi de las figuras retóricas pierde su especificidad lingüística al adaptarse "bruscamente" a la música, es de esperar que en un segundo período las figuras comenzaran a asumir las especificidades del sistema musical.(nota 9) Sin embargo, como apunta Vickers, parece que la teoría de la retórica musical en el Barroco prefirió permanecer vinculada estrechamente al modelo lingüístico. Este anclaje la convirtió en una especie de aparato intermedio entre lo verbal y lo musical, en una retórica de transición. De ahí la ambigüedad de las definiciones de las figuras retórico-musicales.
3.2. Los efectos retóricos de la música
Es innegable el poder de la música para producir efectos en quien la escucha. Los estados emocionales producidos por la música son construcciones psíquicas que emergen de la actividad semiótica del sujeto frente al objeto musical. Su conformación está estrechamente vinculada a las posibilidades y naturaleza semántica de la música. Discutiremos este punto más adelante. Por el momento nos limitaremos a señalar que el hecho de que gran parte de las descargas semánticas de la música nos resulten intransferibles a términos verbales, no quiere decir que éstas no existan. Existen, ahí están y pese a que no seamos capaces de dar cuenta de ellas con la misma precisión con que especificamos nuestras experiencias verbales, no las podemos negar. La abundante literatura sobre estudios psico-semiótico-musicales recientes nos muestra que, día a día, la naturaleza de los efectos y estados anímicos propiciados por la música deja de ser oscura, que es posible articular redes y procesos cognitivo-semióticos de la actividad musical y construir una lógica del perfil semántico de la música y de los mecanismos que la rigen. Si bien los recursos expresivos de la música no constituyen un vocabulario, ni sus estructuras significativas pueden reducirse a unidades pequeñas de significado, la detección de los factores semánticos, de sus mecanismos y esencia, es una tarea en proceso de la semiótica musical.
Por otro lado, si la lengua puede dar cuenta de las descargas semánticas que se derivan de una figura de repetición, es solo mediante el análisis de casos concretos. La definición de una figura retórica determinada no se aventura a predecir los tipos de efectos semánticos que producirá en el receptor. Habitualmente, sólo se limita a enunciar sus modus operandi formales. No conozco ninguna definición de anáfora que especifique ni las descargas semánticas ni los efectos que ésta pueda provocar. Curiosamente, en el ámbito de la retórica musical, Athanasius Kircher (1650) afirmaba que la anaphora musical "se utiliza frecuentemente para expresar las pasiones más violentas, crueldad, desprecio como se puede ver en aquella canción Ad arma, ad arma" (Civra, 1991:114-5). Obviamente, una predeterminación tan exacta resulta excesiva. No se puede obviar la situación pragmática en que el hecho retórico acontece.
Vickers sostiene que la diferencia fundamental entre lengua y música es que la primera posee unidades de significado asignados fijos (Vickers, 1988: 363-4). Aún aceptando este planteamiento semióticamente cuestionable, podemos afirmar que la intervención retórica pretende precisamente diluir esa referencialidad. La retórica estalla la univocidad de los significados, potencia el grosor y posibilidades semánticas de las expresiones lanzándolas a derroteros insospechados, mismos que se actualizan constantemente mediante los cambios diacrónicos de las connotaciones. La ambigüedad semántica de las figuras retórico-musicales de repetición no tiene por que perturbarnos en exceso. Después de todo, no hay figura retórica que no sea una apuesta a la transgresión de significados convencionales. Si la música por naturaleza carece de significado literal, para la retórica el lenguaje también. Si para crear el efecto retórico es necesario un ámbito semántico literal de referencia, la propia figura retórica debe ser capaz de evocar, a un tiempo, el desvío y la norma que viola. El riesgo del salto al laberinto semántico, es tomado, conscientemente o no, por todos los usuarios del aparato retórico, aún en la lengua.
3.3. El significado de la música.
Efectivamente, los sistemas de significación en lengua y música son radicalmente distintos. Pero, ¿porqué? El estudio del significado de un sistema no verbal se complica demasiado cuando lo limitamos al marco de nuestras experiencias semánticas verbales. El semiólogo de cine Christian Metz, al comparar el lenguaje y cine sostiene que
Se han escrito millares de páginas sobre el célebre problema del significado en música, "la más abstracta de las artes". Los estudios semiótico-musicales se ha ocupado recurrentemente del tema con diversos resultados. Sobre el paradigma de la lingüística estructural cuya noción de signo se fundamenta en la distinción de dos facetas: la del significante y la del significado, algunas semióticas musicales recientes prefieren la noción de interpretante introducida por el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce. Como sabemos, los interpretantes son cadenas de signos generados por otros signos durante el proceso de semiosis. Para el musicólogo franco-canadiense Jean Jacques Nattiez, el significado existe sólo cuando un objeto es situado en relación con un horizonte de interpretantes. El significado no es otra cosa que la constelación de interpretantes emanados de la experiencia viva del usuario durante el proceso de semiosis
(Nattiez, 1990a: 9-10).(nota 11)
En la música se producen dos tipos de semiosis. Por un lado tenemos la semiosis que genera cadenas de interpretantes extramusicales. Debido a ésta, la música nos evoca imágenes, descripciones de objetos del mundo real y, sobretodo, emociones. Por otro lado está la semiosis que produce interpretantes intrínsecos a la música. La música es capaz de remitirnos a la música misma.
Efectivamente, en el caso de la música, el signo no tiene la obligación de remitir a objetos externos a su sistema. Una obra musical tiene la facultad de remitirnos a esferas musicales más amplias de las cuales forma parte. A partir de una situación pragmática especifica, el usuario del sistema semiótico vincula el objeto musical que escucha con estilos, géneros, autores o períodos, que el propio receptor construye de acuerdo a su competencia musical y su intentio lectoris. Más aún, la semiosis musical establece remisiones intramusicales: durante la recepción de una obra, un momento determinado nos permite establecer una conexión de éste con otro que ya ha sido escuchado. Una frase musical crea sentido sólo en virtud de otra información previa. Del mismo modo, también en el marco de un contexto estilístico determinado, una competencia musical y situación pragmática concreta, un hecho musical es capaz de crear la expectativa de otro hecho musical. Para el lingüista Robert Austerliz
No existe manipulación o modificación en la estructura formal de la música que no afecte al espesor semántico de la misma. La acción de cualquier artificio retórico, aunque sea solo el esquema formal de una figura de repetición, altera todo el proceso de semiosis intramusical.
Allende las diferencias entre los sistemas semánticos de música y lenguaje, existe un nivel de actividad donde las operaciones de construcción de significado en ambas esferas son unificadas por la retórica. Si como afirman la ciencias cognitivas "el significado de un símbolo es el conjunto de cambios que el símbolo permite efectuar al sistema de procesamiento sobre un objeto" (Bajo y Cañas, 1991: 14), la adopción de esquemas retóricos altera, orienta e induce el curso de estos cambios. Un simple ejemplo: como vehículos de persuasión, las figuras de repetición llaman la atención de ciertos elementos sobre otros induciendo la selección de pertinencias en el destinatario de la persuasión. En otras palabras, la aparición de una anáfora o una anadiplosis modifica sustancialmente la selección de elementos y criterios de segmentación del continuum textual o musical que se procesarán prioritariamente durante la semiosis. Así mismo, interviene en el establecimiento de los modelos de referencia que determinan operaciones cognitivas como la discriminación de la información de entrada (input), la configuración de las formas simbólicas que se trabajan en la memoria profunda, la evaluación y comparación de diversos momentos musicales y la articulación de la información procesada en estructuras lógicas que a la vez que crean sentido generan expectativas de otros eventos. Dadas ciertas circunstancias de recepción, los modos con los cuales el sujeto manipula el continuum formal, administra la información y construye significado con ella, son ejemplo de un tipo de actividad semántica semejante en literatura y música. Por esta razón, como afirma el profesor Lopez Eire, aun en el signo lingüístico, la acción retórica es infragmentable: la figura retórica actúa siempre simultáneamente en ambas caras del signo, el significante y el significado.
4. Conclusiones.
4.1. La naturaleza intersemiótica de la retórica musical del Barroco.
Pese a que la literatura y la música pueden coincidir en su aspiración de producir efectos retóricos, sentencia Vickers, no pueden homologarse sus técnicas en virtud de las profundas diferencias entre música y lenguaje. De ahí que para el estudioso inglés la mayor parte de las inconsistencias de la retórica musical del Barroco vienen de su renuencia a abandonar el modelo de la retórica literaria. Si bien es cierto que se elaboraron figuras exclusivamente musicales, la filiación al modelo lingüístico parece más una opción deliberada que una limitación metodológica de los teóricos Barrocos. La revaloración de este hecho es la clave para entender porqué el corpus teórico de la retórica musical del Barroco se fundamenta en la incompatibilidad e intraductibilidad de la música a términos verbales.
Yuri Lotman afirma que toda traducción, en tanto transmisión de textos o mensajes de un sistema a otro, supone la existencia de relaciones unívocas que permiten esta operación. Sin embargo, cuando existen dos sistemas de distinta naturaleza (como la lengua y la música) se produce una situación de intraducibilidad. No hay lugar para una traslación exacta de significados. En su lugar surge una "equivalencia aproximativa y condicionada por determinado contexto psicológico-cultural y semiótico, común a ambos sistemas". Entre ambos elementos que no han podido fusionarse en una traducción única que satisfaga la traducción unívoca se construye un elemento mediador, un tropo semántico. Un tropo no es sino una irregularidad que comparte marcas semánticas con ambos sistemas pero que impone sus particulares propiedades de uno al otro en un intercambio irregular pero harto productivo. El efecto del tropo se logra, según Lotman, no por la presencia de semas o marcas semánticas comunes entre los elementos yuxtapuestos, sino por la coincidencia de los semas en espacios semánticos incompatibles y por el grado de lejanía semántica de los semas: la expresión tropada no pretende sustituir lo decible de un modo por otro sino "expresar un contenido tal, en transmitir una información tal, que no pueda ser transmitida de otro modo".
Podemos afirmar que la colisión semántica de sistemas incompatibles funciona como una especie de inventio en la constitución de metalenguajes científicos. Para Lotman este procedimiento constituye un proceso semiótico fundamental dentro de la heurística: "todos los intentos de crear análogos patentes de ideas abstractas, representaciones de procesos ininterrumpidos en fórmulas discretas con la ayuda de grafos, construcciones de modelos físicos espaciales de partículas elementales, etc., son figuras retóricas... en la ciencia, el acercamiento irregular a menudo actúa como un impulso para la formación de una nueva regularidad" (Lotman, 1996: 120-1, 126). En consecuencia, la adaptación del aparato categorial de la retórica a la música constituyó, en sí misma, un proceso retórico: las figuras retóricas musicales son tropos de las figuras literarias.
4.2. La retórica musical: retórica de la significación, retórica del receptor.
Esta consideración nos revela un área de actividad retórica poco estudiada y de la cual la retórica musical del Barroco puede ser ejemplo. Los manuales reducen la pertinencia del trabajo retórico a la producción y análisis del texto, ¿pero que hay del receptor? Lausberg, por ejemplo, desrretoriza al receptor confinándolo a la función de mero destinatario de la persuasión cuya intervención se limita al manejo de los códigos de comunicación (Lausberg, 1983: 14-15). Quizá, una retórica del receptor se ocupe de aquellos procesos semióticos en los que éste organiza los campos semánticos de un sistema echando mano de sus experiencias con otros. La teoría de la retórica musical es resultado de una suerte de inventio donde una competencia musical es auxiliada por otras competencias esgrimidas en otros contextos, por medio de locis (o topoi) intersistémicos detectados en el ámbito de estrategias y conductas receptivas de diferentes sistemas (fig.2).
Figura 2
La retórica musical es en verdad una transemiótica que actúa de modo inverso a la retórica literaria. Mientras esta última abole los significados literales redimensionándolos, la retórica musical es una retórica que acota los espacios semánticos musicales, los orienta y los organiza al menos en algunos niveles. La teoría de la retórica musical en el barroco, más que una preceptiva para la composición como pretendía ser, es, en mi opinión, testimonio de una estrategia receptiva de la música del Barroco. Los tratadistas no crearon un modo de componer música. Crearon un modo de entenderla. Crearon la música. Tendieron un fluido puente entre sus experiencias literarias y musicales.
4.3. Transacción de marcas semánticas entre niveles epistemológicos.
La traducción intersemiótica no se limita a la verbalización de los hechos que acontecen a nivel del texto. Dadas la dinámica de la relación oblicua entre metalenguaje y lenguaje objeto, el primero es capaz de modificar sustancialmente las nociones básicas que tenemos sobre el segundo. Los términos con los cuales designamos los objetos afecta severamente en nuestra noción conceptual de los mismos. Los vínculos entre ambas esferas epistemológicas se caracterizan por una fluida y constante adecuación y resignificación mutuas (fig. 3).
Figura 3
Si bien es innegable que no se puede ni se debe ignorar los problemas derivados de la aplicación de un sistema de naturaleza lingüística a otro no verbal, las diferencias sustanciales entre dos sistemas semióticos no impiden un intento de traducción intersemiótica entre ambos. Es importante señalar los errores que se cometieron durante la conformación de la teoría de la retórica musical del Barroco y aquellos aportados por sus entusiastas defensores. Sin embargo, no podemos negar que para los tratadistas Barrocos, los musicólogos y músicos prácticos contemporáneos, la posibilidad de una teoría retórica de la música constituye la articulación de una herramienta de naturaleza semiótico-hermenéutica que vendría a resolver de una vez por todas algunas de las interrogantes seculares de estas actividades. Sin embargo, un análisis comparativo de los objetivos, principios, metodologías y discursos de las "diversas retóricas musicales del barroco" (la de las teorías del Barroco, la de los musicólogos y músicos de este siglo) nos revelaría incompatibilidaes y usos abusivos de este corpus teórico. La disciplina a la que aspiramos puede estar en conformación, pero la teoría de la retórica musical sólo es una parte de este proceso.
1. Cuando me refiero a la literatura y a la retórica literaria, me refiero a todas las manifestaciones verbales que se vinculan a la retórica, sean escritas u orales.
2. "Aun para los bien informados historiadores de la retórica, -nos dice Vickers- la doctrina de las figuras puede parecer incomprensible, tediosa, desagradable" (Vickers, 1984: 20).
3. Vickers analiza la anaphora, epistophe, symploké, gradatio, climax, auxesis, palillogia, pleonasmus , hypallge, mimesis, antimetabole, analepsis, anadiplosis, también analiza la aposiopesis, hypérbole, metalepsis, congeries, distributio, hypérbaton, paranomasia con resultados similares.
4. Por ejemplo, toda vez que la música no posee normas gramaticales tan rigurosas y convencionalizadas (hipercodificadas) como las de la lengua, el discurso musical es incapaz de producir fenómenos de desviación a la norma de la misma intensidad. Así, en la hipérbaton musical que es el intercambio de unidades o notas musicales, los efectos serán muy limitados si el receptor no tiene el entrenamiento musical suficiente para conocer las normas que se están violando. También el contexto o situación pragmática en los que las figuras literarias suelen aparecer cambia sensiblemente o simplemente deja de ser específico. Por otro lado, el valor de los efectos de desviación se modifican. Por ejemplo mientras el pleonasmus es un vicio para la lengua, el pleonasmus musical (la reiteración de disonancias dentro de un pasaje) constituye una virtud para los teoricos Barrocos. Si bien la lengua tiene un carácter lineal, en la música varias líneas melódicas pueden coincidir y actuar simultáneamente con armonías determinadas. Varias figuras se "verticalizan" al pasar a la música: la hypallague, la analepsis y la anadiplosis noema (empleo la terminología que propongo en López Cano 1997).
5. Según Langer, la música posee todas las características de un sistema simbólico exceptuando la "existencia de una connotación asignada [...] en música trabajamos esencialmente con formas libres [...], [la música] es un So inconsumado [...]" (Langer en Vickers, 1984: 44).
6. Cf. Beristáin (1997: 426), Albaladejo (1991:11-21), Azaustre y Casas (1997: 10), Lausberg (1983: 13-16), Mortara (1988: 9-11), Ceristola (1983: 18 y ss.).
7. Los textos que llegan a hablar del receptor en sus definiciones de la retórica, no dudan en integrar los efectos en el destinatario a las estrategias de producción del creador.
8. Cuando hablo de texto me refiero a todos los hechos de naturaleza verbal que pueden ser afectados por la acción retórica. Por ejemplo, los discursos, la narrativa y poesía, el habla común, los comportamientos orales cotidianos o rituales, etc.
9. Vemos algunos indicios de este proceso cuando los fenómenos de simultaneidad vertical de la armonía musical son incorporados a los mecanismos horizontales de las figuras, pero este fenómeno también molesta a Vickers.
10. subrayado mío.
11. "Un objeto de cualquier clase, dice Nattiez, toma sentido para un específico e individual uso [apprehending] de tal objeto, tan pronto como este uso individual lo coloca en relación con áreas de su experiencia viva, esto es, en relación a una colección de otros objetos que pertenecen a su experiencia del mundo..." (Nattiez, 1990a: 9).
Referencias Bibliográficas
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López Cano, Rubén
SITEM (Universidad de Valladolid) 1. Introducción.
solemos comparar el lenguaje verbal más o menos analizado con el lenguaje cinematográfico no analizado. Y tenemos la tendencia de establecer, según la realidad sustancial de los dos lenguajes, diferencias que frecuentemente se fundamentan en la desigualdad de los respectivos conocimientos.(nota 10) Por lo tanto es muy difícil establecer las diferencias intrínsecas de sus dos formas de expresión (Metz, 1981: 199).
Quizá el abismo que separa los procesos de significación de la música y la lengua se deba sólo a que aun no hemos desarrollado herramientas analíticas adecuadas para analizar los primeros mientras que nuestra reflexión sobre el lenguaje ha sido una constante en el desarrollo cultural de occidente.el significado expresado por un texto musical es básicamente deíctico y catafórico en el sentido que constituye una predicción. El texto musical hace referencia al futuro. A partir de la substancia musical percibida en un momento dado, el escucha es retado a predecir la forma de la substancia musical que viene a continuación en el inminente futuro... si algo puede llamarse significado o semiosis en música, es la experiencia requerida para predecir substancias musicales inmediatas inminentes (1983:4 y 6, citado en Nattiez, 1990a: 117).
Notas
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©2001, Rubén López Cano
Puede utilizar y citar la información de este artículo, con fines académicos, indicando siempre la siguiente referencia bibliográfica:
1998 Ars Musicandi: la posibilidad de una retórica musical desde una perspectiva intersemiótica
http://www.geocities.com/lopezcano/index.html
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Seminario de Semiología Musical (UNAM).
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