El repertorio
El repertorio de Albada está centrado en la música del siglo XVI, si bien en ocasiones se incluyen obras del siglo XV y a veces del XVII.
Los programas abarcan desde la primera música impresa, la música de los cancioneros españoles; la de los autores franceses y los primeros madrigalistas, hasta llegar a los compositores de la época isabelina.
La obra para canto acompañado de laúd o vihuela ocupa una parte importante en los programas. La vihuela en la península ibérica y algunas zonas de Italia, y el laúd en el resto de Europa fueron los instrumentos más importantes de la época. En sus cuerdas, los músicos encontraron el acompañamiento ideal para la voz, inspirando la creación de un vasto y bello repertorio.
Frótolas, romances y villancicos, la chanson francesa, y las canciones inglesas encuentran en el canto acompañado su mejor expresión.

Los comienzos del siglo XVI aportan la novedad de la imprenta. En la ciudad de Venecia aparecen los primeros impresos musicales y entre ellos música para canto y laúd.
Las frótolas de Tromboncino y Cara, los textos de Petrarca, la música para laúd de Spinacino y Dalza, llenan estas primeras páginas.
Es la época de los cancioneros españoles. El de Palacio, el de la catedral de Segovia, de la Colombina, entre otros. Manuscritos que guardan el repertorio de la música de la corte de los Reyes Católicos y de otras casas nobles.
Poco tiempo después, en 1536, aparece el primer libro de vihuela que hoy conocemos: El maestro de Luys Milan. Historias de amores y de la guerra contra los moros cantadas en villancicos y romances, y tientos y fantasías para el instrumento, son testimonio del final de un estilo a la vez que inauguran la aparición de un puñado de libros de vihuela que reúnen obras de particular y serena belleza.
Hacia mediados de siglo el texto va cobrando importancia. Los compositores extreman sus recursos para realzar el sentido de la palabra. El madrigal va ganando espacio, y los laudistas transcriben lo mejor del repertorio para el instrumento, dejando a veces una voz para ser cantada.
Es la época de Flecha, Archadelt, Rore, Janequin, Sermisy, y tantos otros compositores, autores de una música bella y de sutil finura. Sus obras aparecen por doquier en los cancioneros. Dueños de todos los medios técnicos para dar expresión a sus ideas, las obras fueron ganando en complejidad y a la vez que lo hacían como contrasentido iban oscureciendo aquello que querían reflejar: la palabra.
A fines del siglo XVI el texto era lo fundamental y la música le servía de apoyo. Después de las complejidades del canto a varias voces, los compositores encontraban en el canto acompañado por un instrumento el medio ideal para expresarse. Si en Inglaterra la canción seguía guardando un estrecho parentesco con la composición vocal a varias voces, en el continente la textura se simplificaba y la voz se hacía dueña
de la escena musical.
La música era parte de la actividad en casas y palacios, pero también, aquí y allá, la música formaba parte del espectáculo teatral.
Los principales autores dramáticas la empleaban, a sabiendas del efecto que provocaba en el público. En ocasiones era música compuesta por los más destacados compositores de la época, pero también había espacio para la balada de origen popular.
Es la época de Caccini, de Monteverdi, Marenzio, Morley, Jones, Coperario y John Dowland, entre otros.
En un panorama de enorme riqueza como el de la música del Renacimiento, estos son algunos de los temas de nuestras que presentamos y que invitamos a escuchar en nuestros recitales.
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